Apuntes literarios
Dos caras del mal: El diablo y el vampiro.
Munch. La mujer vampiro
A medida que avancemos en este artículo, veremos que ambas figuras tienen mucho en común, porque ambas nacen de la necesidad humana de atribuir a una figura terrible, el mal; veremos, que a lo largo de la historia, ambas han seguido una evolución similar, y se encuentran, hoy en día a la misma distancia que han mantenido siempre, porque su evolución no responde si no a evolución social de la idea del mal, y que esta ha estado regida siempre por las necesidades, cultura e inquietud espiritual que imperaba en cada siglo.
En las primeras referencias en la biblia a Dios, el génesis, nos hablan de Yaveh. Él poseía el don creador y la capacidad destructiva; era por lo tanto, el origen del bien y del mal.
Así, por ejemplo vemos como Yavé destruye Sodoma y Gomorra, cómo hace caer el diluvio universal, llamado a destruir a todos los seres de la tierra salvo a los que Moisés lograra introducir en su barco, y como, en general, representa el papel de padre creador, pero severo y cruel.
Esta imagen de Dios responde perfectamente a la necesidad de los antiguos judíos de hallar en un ser supremo y creador, a quien pudiera impartir justicia y liberar a un pueblo, que fue sometido por los egipcios y después lo sería con los romanos.
La manera de impartir justicia de esta imagen de Dios, es a fuego y sangre, y responde a la realidad de la época y del pueblo en que fructificó el mito.
Satanás (el enemigo) y Lucifer (el portador de luz), vienen a representar el mismo papel, pero con matices y trasfondos tan distintos, que justamente se les puede atribuir existencias y personalidades diferentes.
Se estipuló que el demonio fue creado por Dios y que al principio era un ángel; que no compartía el papel que Dios había otorgado al hombre y que finalmente se escindió de su reino y se sumió en las tinieblas.
Básicamente, Lucifer defendía que el hombre no tenía necesidad de sufrir en la tierra si mediante el poder de Dios, aquel podría vivir sobre una existencia divina, al igual que los ángeles. ¿Por qué no ahorrarles sufrimientos y hacer de ellos unos seres completos desde el principio. Por qué han de esforzarse y sufrir?
Así, a través de un argumento que puede parecer piadoso, se atribuye Lucifer, la búsqueda del camino fácil o de la tentación. La intención de desbaratar el plan de Dios tentando al hombre, para que no siga la senda del aprendizaje que les conducirá a la vida eterna, sino que por el contrario, puedan obtener los beneficios necesarios para disfrutar de una existencia plena pero efímera.
Satanás es el enemigo de Dios, no lo contrario a Dios, pues esto implicaría una igualdad en cuanto a grandeza y una diferencia en cuanto a actitud. No podría ser así, pues se deja claro que Satanás es una obra de Dios. Es el enemigo de Dios, la antítesis. No puede destruir a Dios, pero puede, sin embargo emponzoñar su obra.
Así surge en el siglo V, y de mano de la iglesia la figura del diablo. A partir de entonces, sus maléficos semblantes serán expuestos, amenazadores en las fachadas de las catedrales, para recordar a los fieles los peligros que surgen al desviarse del camino, y serán pintados derrotados y agonizantes bajo el poder de Dios en los altares, para hacer ver que el seguimiento del camino trazado conduce a la luz.
De esta manera, si bien la biblia no niega la existencia del mal, sino que la trata como algo real, pero integrado en Dios, la iglesia escinde el mal del bien y le hace adoptar personalidad propia. El principio es similar, pero cambian tanto las formas que la realidad se torna completamente distinta.
Podemos ver en la genial obra de Charles Robert Maturín (1782), “Memnoch El errabundo”, cómo un hombre encarna el papel de Lucifer; cómo, agobiado por una longevidad excesiva que este le otorgó como un don, a cambio de su alma, observa a los mortales que no han tenido relaciones con el demonio, con una envidia rayana en la locura, que le conduce a través de los oscuros abismos de la misantropía; Cómo observa la muerte deleitándose en su proceso y posterior corrupción; Cómo la desea y la teme, pues sabe que su alma no pertenece a Dios, pero ya no soporta más la existencia.
En esta obra es el personaje maldito y no Lucifer, quien trata de arrojar la maldición a otro. Muestra para ello todas las imágenes posibles de la degradación humana, haciendo ver al hombre como un despreciable animal que se arrastra, usando como medios la mentira y la ilegitimidad para alcanzar un poder que le hará más repulsivo a los ojos de sus semejantes; Pero muestra también, cómo, el más mezquino de los hombres, retrocede espantado ante la idea de pertenecer a Lucifer, y así el protagonista cae cada vez más desesperado a las más hondas simas de la angustia.
Contamos con muchas obras en el estilo gótico que nos muestran el mal tal y como se entendía, desde el siglo V al XVIII. Otra de las grandes e imperecederas obras de esta temática es “El monje” (1796), de Mattew Lewis.
En ella vemos cómo el mal, encarnado esta vez por Lucifer, encuentra los medios para llegar a su víctima, sea esta cual sea, y cómo, al contrario de aquel personaje atormentado de Maturín que mostraba los horrores del hombre con extrema crudeza, por ser un ser superior y especialmente dotado, atrae a su víctima, esta vez un monje de reputación intachable y de principios y moral fuera de toda duda, con las más refinadas mentiras, encarnando una inocencia resplandeciente de luz, que poco a poco le seduce.
Le mostrará, al principio de una forma tímida, una personalidad atrayente y seductora, adaptando su discurso, e incluso su forma física al ideal del protagonista, para arrastrarlo, lenta pero inexorablemente hacia la lascivia, y después hacia el crimen y hacia el final de su reputación y de su vida, para tentarle después con una oportuna posibilidad de salvación y engañarle nuevamente.
Los protagonistas de ambas obras son opuestos, pues uno parte del mal y el otro del bien absolutos, para ser definitivamente devorados por un demonio ávido
La literatura gótica en general, y más la que trata abiertamente con Lucifer nos hace ver que no hay salvación posible si el mal se fija en nosotros. Nos arrastra a la desesperación y nos provoca un vértigo espiritual difícil de explicar y aún de concebir. Es la forma de terror más genuina que han dado los tiempos, porque nos enfrenta a un tema común en la psique colectiva: el mal como entidad con voluntad propia y su poder destructivo sobre nosotros; y a una preocupación que nos ha sido impuesta culturalmente: las fuerzas del mal como entidades demoníacas, nuestra indefensión frente a ellas, y la sensación creciente de que no seremos socorridos por dios. En definitiva, nuestra desesperación y nuestra soledad en el mundo, la oscura y amenazadora interrogante a la pregunta: ¿trascenderemos? Y el eterno dilema, que nos hace temer que la búsqueda del bien y su seguimiento como ideal, probablemente no tendrán recompensa, y seremos engullidos por el olvido.
En esta línea escribió a quien se le dedica este primer número de la revista, y de quien debemos enorgullecernos: Issidore Ducasse en (Los cantos de Maldoror).
En su obra parece representar al propio demonio. Parece que se dirige a nosotros amenazante, ofreciéndonos con insultante desprecio un espejo, a través del cual contemplaremos nuestra corrupta e indigna naturaleza, nuestra angustia vital, nuestro miedo y nuestra cruel mezquindad. Se dirige a nosotros como si lo hiciera con alguien que no merece la vida; con un esputo pronuncia nuestro nombre, y con un afilado estilete acaricia nuestro rostro para lamer nuestras heridas después con indecible felicidad.
Podríamos pensar que es Lucifer, o quizá Satanás quien nos habla, pero no es así. Como se explicaba en anteriores artículos, Isidore Ducasse suscribe la obra otorgándose estos nombres, pero tan sólo es un juego de palabras para que podamos desvelar el complejo enigma que nos plantea.
Lo escrito por él no son las palabras del demonio, sino algo más puro. La sustancia misma del mal. Carece de voluntad y finalidad, tan sólo nos muestra mil imágenes que podrían ser las que evocara nuestra mente en una fracción de segundo si probáramos esa sustancia blasfema.
Con estas tres obras parece que tenemos bien definida la figura del diablo en la época en que reinó sobre el mundo con su manto de terror. Pero como todos sabemos, esa figura se ha transformado, como la imagen del mal ha sabido transformarse a cada revolución social y moral.
Llega el siglo XIX, y de su mano llegan nuestros queridos e inmortales Edgar Allan Poe y Mary Shelly, quienes transformarán la imagen del diablo y acercarán su naturaleza a la nuestra propia. Quienes cuestionarán nuestra actuación en el mundo equiparándonos a él y le ridiculizarán con un patetismo que dejará marca en la historia.
Mary Shelly, con su obra Frankenstein o el eterno Prometeo, nos muestra la creciente sociedad industrial como un serio peligro, intuyendo así que con el desarrollo técnico tan avezado y prominente, que comenzó en el siglo XIX y hoy avanza a velocidad vertiginosa, surgirían dilemas morales que el hombre difícilmente sacudiría o cargaría en su conciencia.
Nos muestra un protagonista creador y magnífico, que como Dios, crea la vida donde no la hay, y nos muestra también, cómo esa nueva vida, es agradecida con su creador, y cómo descubre las maravillas que se abren en torno a él.
Pero nos muestra también cómo el creador se torna en destructor, asumiendo así la figura del diablo o la del primigenio Yaveh, que encarnaba ambas facultades a un tiempo, y cómo ante la idea de haber creado un monstruo, con una lectura pobre, superficial y acomplejada de su obra, decide destruirla. Cómo la nueva criatura lucha por la vida, renunciando a todo atisbo de dignidad por la sola esperanza de ser amado por un ser tan repugnante como él.
La fiereza del hombre se abatirá sobre una criatura que por otra parte es el vestigio más claro de la inocencia en la novela. Así el hombre asume el papel del diablo, y el pobre desdichado, tratará de salvar su vida, sin esperanza ya de ser amado, ni comprendido, ni tan siquiera de fomentar la piedad en nadie.
Poe incide en la visión del hombre como una criatura vulgar. En sus cuentos no cabe la participación del diablo ni de ningún otro ser maléfico para hacer caer al hombre al abismo de la corrupción, pues cae por sí sólo.
Así nos muestra las crueldades más horrendas, cuyo único perpretador es el hombre, y sus excusas son tan vulgares como que asesina a su víctima para gastarle una broma.
Su cuento: “Nunca apuestes tu cabeza al diablo. Cuento con moraleja”, es uno de sus cuentos donde esta figura aparece. En todos es tratado con desprecio y lo muestra como un ser patético.
En este cuento nos muestra al diablo como un anciano enclenque, que espera con un saco a que el amigo del protagonista pierda la cabeza, pues la ha apostado contra una pirueta imposible.
Finalmente, cuando el protagonista prepara el funeral de su amigo, declara que:
“Mr. Dammit (su amigo), no sobrevivió a su terrible pérdida (la cabeza). Los homeópatas no le suministraron bastante poca medicina, y la poca que le dieron no pudo él tomarla. Al final empeoró y acabó muriéndose, dando con ello una lección a todos los seres de vida desenfrenada. Regué su tumba con mis lágrimas, agregué una barra siniestra (la que le cortó la cabeza), en el escudo de armas de su familia y, a fin de cubrir los gastos generales de su funeral, envié una cuenta sumamente moderada a los trascendentalistas. Los villanos se negaron a pagarla, por lo cual hice exhumar de inmediato a Mr. Dammit y lo vendí como alimento para perros”
Con este sólo ejemplo se muestra cómo el diablo pasa a adoptar un papel insignificante, sino, ridículo, y es el hombre el que ocupa este espacio desalojado, o por mejor decir, es el hombre quien desplaza al diablo, pues su maldad es tal y la esperanza del hombre en su obra, tan escasa, que el papel de Lucifer en la literatura del siglo XIX, ya no tiene razón de ser.
Aún esperaba en el siglo XX una transformación más. El Papa, Juan Pablo II aseguró que el infierno no existe, y por tanto el diablo tampoco y no debemos entender al diablo, sino como una representación del mal, y ese mal no está sino en nosotros mismos. Por lo tanto, vencer nuestra tendencia al mal es vencer al diablo.
Así asumimos nuestro papel como representación del mal. El diablo queda finalmente olvidado. ¿O no?
En realidad no es así. En la actualidad se representa al diablo, tras todos los pasos de su evolución, como la imagen de las personas dominadas completamente por el mal; que además son hipócritas y cínicas; que manejan el lenguaje de forma engañosa y siempre a su servicio; que tienen un éxito rápido y despiadado, por ejemplo, un abogado de éxito o un gran empresario.
El vampiro comienza su singladura literaria como un personaje despiadado, voraz y salvaje.
Así aparece en los mitos de la Europa del este como un demonio de perversidad que despierta tras la muerte, y dirige sus pasos hacia la casa de sus familiares con la intención de asesinarlos y saciar su sed con ellos.
Según este mito, el vampiro vivía en el cementerio y corrompía los demás cadáveres, dotándolos de una blasfema capacidad d acción y una pervertida intención. De esta manera, cuando se exhumaba un cadáver, por pertenecer a alguien sospechoso de vampirismo, y tras hallar las pruebas irrefutables en este sentido, y ser decapitado, se comenzaban a exhumar el resto de cuerpos, para comprobar en muchos de ellos las mismas señales inequívocas.
Es en este periodo, el vampiro, un ser provisto de las facultades necesarias para reunirse de nuevo con sus familiares sin hacerles sospechar en muchos casos su verdadera naturaleza, pero desprovisto de una natural inteligencia y sensatez, y provisto, eso sí de una bárbara voracidad que le arrastra en muchos casos a la perdición.
Esto transcurría en los siglos XV al XVIII. Pero, ¿en qué momento se forjó el mito del vampiro? La respuesta a esta pregunta es bien conocida por todos gracias a la genial obra de Bram Stoker, Drácula, de la que hablaré después, pues pertenece realmente a un estadio posterior del mito del vampiro en la literatura.
Sin embargo, es bien conocida la brutalidad del personaje que infunde su espíritu al mito: Vlad Tepes, recordado por los suyos como un héroe nacional, y por el resto de Europa como uno de los príncipes más crueles y sanguinarios, que ordenaba las ejecuciones con total arbitrariedad, y que había creado, a fuerza de crueldad, un auténtico bosque con veintitrés mil prisioneros empalados, ante cuya sola vista, el sultán turco, Mehmed II, que amenazaba con invadir toda Europa, retrocedió espantado, declarando que su ejército jamás podría ganar una batalla que se librase en el infierno.
A lo largo de la historia, hasta nuestras crónicas más recientes, han acaecido sucesos, y se han encumbrado personajes que han alimentado y han nutrido argumentalmente el mito. Sin duda el caso que más influyó sobre el mismo, fue el que acaeció en el siglo XIII, en la propia Rumanía, protagonizado por la condesa Elisabeth Bathory, quien provocó un auténtico despoblamiento de mujeres vírgenes, ya que se bañaba con su propia sangre y las torturaba y vejaba hasta su última exhalación.
Hasta ahora conocemos el mito. Pero, ¿qué evolución histórica ha sufrido desde su comienzo tardío?
Fundamentalmente podemos distinguir tres etapas:
Durante la primera, siglos XVII y XVIII, El vampiro encarna al mal absoluto. Es voraz, cruel y terrible.
Así por ejemplo tenemos el relato del magnífico Polidori: El vampiro; que nos muestra un ser que, si bien se mezcla en la sociedad, persigue el mal supremo desde una inexplicable afición por el propio mal. No hay ningún motivo para llevarlo a cabo, salvo el placer por el propio mal.
Se muestra ante la sociedad como un ser digno de la confianza, simpático y sincero, pero a medida que avanza el relato, vamos descubriendo que la oscuridad de su alma es insondable, y su maldad, tano más terribles, en cuanto que su motivación es nula o quizá simplemente instintivas.
De esta manera se narra cómo socorre al pederasta y al asesino entregándoles cualquier suma de dinero, y cómo se burla cruelmente de las personas honestas que se ven arrastradas a la indigencia, y cómo, invariablemente, quien ha recibido ayuda de él se ve arrastrado, como por una maldición a una situación mucho más deplorable que la que sostenía antes de su intervención.
Este vampiro no tiene suficiente con alimentarse de la sangre de sus víctimas, sino que además, estas han de ser vírgenes, han de ser deshonradas en sociedad y raptadas después, y sus familias han de caer en los abismos de la desesperación, pues han de perderlo todo, verse obligados a vender sus propiedades, o simplemente ser vilipendiados hasta tal punto que su vida en sociedad quede destruida para siempre.
En estos primeros relatos, en contra de lo que podamos pensar, el vampiro se mueve bajo la luz del sol como cualquier hombre. El mito que nos habla de que su luz le destruiría son derivados de las películas de clase B, que se originaron tras el estreno de Drácula. Por otra parte, las obras escritas que narran la misma naturaleza, son posteriores a la que fue, la fiebre del vampiro en el cine, habiéndose documentado, los escritores de estas obras, en la televisión en lugar de en la literatura. Es por esto, que en el siglo XX el vampiro cambia de manera inexplicable su naturaleza, haciendo perder la pista, a cualquiera que no tuviera en cuenta la involución del vampiro en el cine.
El vampiro, por ser un personaje plástico, cuya naturaleza no había sido definida oficialmente, por ser su naturaleza, tan dispar, ya en el propio mito en que se basa, ha vivido una interesante evolución desde sus comienzos literarios hasta el siglo XX.
Otra obra que quiero destacar en esta etapa, hasta el siglo XIX, por su originalidad, por lo curiosa e interesante que resulta su lectura, y porque nos da una idea de su evolución hasta los estadios más tardíos de esta etapa, es sin duda el relato de Paul Feval: La ciudad vampira; en el que el vampiro es capaz de encarnar a las figuras que ha destruido, o por mejor decir, es capaz, abandonando la propia acción de su cuerpo, de dominar a voluntad la de otro cuerpo que hubiera conquistado anteriormente. Así por ejemplo, Feval nos muestra una posada que causa el más vivo terror, ya que la familia que allí se hospeda, tiene el semblante torcido y tan solo actúan por turnos.
Cuando el dueño habla, la mujer parece sumirse en un estado de meditación ausente, y de esta manera, si algún miembro de la familia está desarrollando algún trabajo, el resto parece leer el periódico o simplemente observar la pared, sin contestar a ninguna clase de estímulo externo, ya que tan solo son cadáveres animados por la voluntad del vampiro.
Esta sospecha es tan irreal, tan terrible, y al mismo tiempo tan visible, que provoca de inmediato gran inquietud, si no horror, en quien vive esta situación.
En esta obra los vampiros viven en una ciudad llamada Selene, derivado del nombre griego de Luna. Tan sólo es visible para el hombre en determinadas circunstancias n que una extraña niebla se alza en el camino, y tan sólo, quien se haya perdido entre esa niebla accederá a la misma, aunque probablemente jamás volverá ya, a la dimensión que habitaba anteriormente y que compartía con el resto de los mortales.
La ciudad es bella, magnífica y terrible. Está perfectamente organizada por sectores que encabezan unas amenazadoras estatuas, y las viviendas no son si no, nichos, ya que la ciudad parece en realidad un enorme y terrible cementerio.
Pero llegamos al siglo XIX, y este siglo nos regalará, de la mano de Bram Stoker, la que posiblemente sea la mejor obra epistolar de la historia. Hablamos, ¿cómo no? de Drácula.
En esta obra, el vampiro es igualmente maligno y seductor, pero tiene una motivación filosófica para actuar como lo hace, lo cual hace que tanto el lector como sus protagonistas se engañen, se sientan identificados con él y acepten en mayor o menor medida, el crimen, desde la cercanía al personaje y a sus razones. De esta manera el mal se convierte en algo confuso que se presta a interpretación; ya no se trata del mal absoluto, ese arcaico concepto del mal que imperó en la sociedad desde el siglo XV, sino que es interpretativo y se puede incluso tomar partido en su favor sin abandonar los ideales del bien.
El mal es terriblemente seductor. Llega hasta nosotros de manera que despierta nuestros más primitivos instintos, venga la seducción de la mano del amor o de una insinuación erótica difícil de resistir aún por los personajes con los principios morales más marcados.
Es esta, la otra imagen del diablo; no la del demonio terrible, sino, la de aquel que despierta simpatía en nosotros, y desde ella nos corrompe y nos empuja a través de una senda, que de presentarse de otra manera, habríamos repudiado, y que una vez dentro, es inútil tratar de escapar y recuperar nuestro destino.
¿Acaso no son el diablo y el vampiro, sendas alegorías del mal, cuyo concepto responde al que se tenia en cada época del mismo? ¿Y acaso no son estas figuras en el siglo XIX, una advertencia ante los fuertes cambios sociales que se vivían, en un mundo acostumbrado a permanecer inmutable, en el que los hombres lo abandonaban en el mismo estado en que lo habían recibido? ¿Acaso no es esta la respuesta a la preocupación que originaban en el alma, los profundos cambios sociales que provocaba la incipiente revolución industrial, en la que el mundo se beneficiaba del progreso, esclavizando a niños y a gentes desfavorecidas en sitios tan insalubres como una central de carbón, en una época en que los fallecidos a causa de la contaminación ambiental superaban todas las cifras que se han dado hasta ahora?
En un mundo estático e inmutable, el mal es visible y claro, pero ¿desde el siglo XIX hasta nuestros días no es confuso e interpretable, desde el momento en que nos enfrentamos a cuestiones morales debatibles, en nuestros trabajos, cada día?
Pero el concepto del mal aun debía convertirse en algo más confuso aún. Tanto en la obra de Drácula o como en la de El monje, cuando hablamos del diablo, percibimos aquella maniobra del mal tan solo como un intento de engañarnos, que quizá sí lo hizo con el protagonista, pero que desde nuestra postura privilegiada de lectores discernimos claramente, y tras leer estas obras no hemos sino, reforzado nuestros principios morales, pues aunque se haya tratado de mostrar como algo confuso, aún distinguimos el mal nítidamente, y por lo tanto hemos vivido una experiencia inducida de lo que percibimos, podría ser real pero no lo es.
Es en el siglo XX donde el mal se mostrará de una forma tan confusa que nos sentiremos identificados con él, y este será el sujeto de nuestras simpatías. Así el mal evoluciona, desde causarnos pavor; darnos una ligera idea de que podría ser seductor después, pues vemos cómo lo hace con los protagonistas de las novelas, aunque no entendemos como; a finalmente, seducirnos a nosotros mismos y corromper nuestros principios morales.
Llegamos a la literatura vampírica del siglo XX.
Es fácil señalar en este estadio una figura que por su influencia ha resultado ser la pluma que ha dado a la literatura, voz, en este último estadio. No pasará a la historia por sus aportaciones técnicas. Se sabe que la literatura del siglo XX nunca superó a la del siglo XIX, que ha significado el momento más álgido de la humanidad en las letras, y quizá el último; pero entre las figuras de este siglo, es la más relevante en la temática vampírica, y se encuentra entre los escritores cuyo estilo literario no solo no es desastroso, sino que es bastante bueno, o que conociendo el siglo del que hablamos, no nos atreveríamos a pedir mucho más.
Hablamos de Anne Rice y de sus Crónicas vampíricas.
Ha sido una de las escritoras más prolíficas de finales de siglo, y de entre ellas una de las que han merecido durante mucho tiempo el escalofriante número de ventas que mantenía.
Su obras son, si no brillantes, si muy dignas y muy originales, ya que en sus primeras cinco novelas nos ofrecía cada vez un enfoque nuevo y apasionante acerca del vampirismo. Lo que tiene en contra su obra, es que tristemente no siguió los pasos de sus homólogos, lo que habría dado una visión muy interesante a la evolución vampírica natural, si no que se basó en aquellas películas que escribieron guionistas que poco conocían el tema, en una época en que la industria del cine editaba películas acerca de vampiros a una velocidad en la que no cabía la reflexión.
El nuevo vampiro es un personaje en quien nos sentimos plenamente identificados, pues es como nosotros. Su conversión no pasa por el ataúd, como lo había hecho hasta entonces, y por lo tanto no llega a abandonar la vida para retornar después a un estado de no muerte, desde el que se arrastrará a través del mundo, sino que es transformado, con un método sencillo en el mismo lugar en que fue secuestrado.
Su transformación es tan rápida que aunque pierde la vida no pierde sin embargo su experiencia de la misma ni la sensación de estar vivo.
Por lo tanto nos encontramos con un ser mortífero, que necesariamente encarna al mal, ya que para perpetuar su existencia necesita exterminar la de los demás; pero su psicología es tan compleja, sus motivaciones tan ambiguas y sus sentimientos tan marcados, que aquella motivación filosófica de Drácula queda muy atrás. Ahora el mal lo encarna cualquier persona que vea en el propio mal, una motivación para progresar, y sepa transformar el planteamiento de la situación lo suficiente para que el mal no parezca si no una consecuencia lógica o incluso un intento de hacer el bien.
De esta manera el vampiro se alimenta de malhechores, dando así una motivación simpática para el mal, pero no profundiza más en su filosofía, pues hacerlo sería fracasar, pues exterminar al criminar nunca fue una forma de hacer el bien, sino la forma más aceptada que adopta el mal.
El vampiro se descubre en innumerables ocasiones, pues también se alimenta de gente de bien, pero en esos casos una larga charla acerca de por qué no pudo resistir la tentación y de lo miserable que se siente tras hacerlo, bastan para convencer al lector que el personaje continúa en el lado del bien, cuando jamás lo ha estado.
Es en definitiva, tanto la imagen del vampiro, como la del diablo, del siglo XX, la más realista, y este, el único periodo en que reconocemos abiertamente que nuestra capacidad para hacer el mal es tanta como la de hacer el bien.
Esta idea es muy interesante, pues nos sugiere que la batalla contra el mal es la batalla contra nosotros mismos, que sólo cuando hallamos derrotado al mal que habita en nuestro interior, y cuando hallemos la fuerza para acallarlo cada vez que surja, habremos derrotado al mal. No es una lucha de la humanidad, sino del individuo, pues la batalla se libra en el interior de cada uno.
Lucifer
