Isidore Ducasse
Héroes que configuraron su época
Obras
- Los cantos de Maldoror
- Poesies
Obras analizadas
El mito
“Quiera el cielo que el lector, animoso y
momentáneamente
tan feroz como lo que lee, encuentre sin
desorientarse su camino
abrupto y salvaje a través de las ciénagas
desoladas de estas páginas
sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no
ser que aplique a su
lectura una lógica rigurosa y una tensión
espiritual equivalentes por lo
menos a su desconfianza, las emanaciones
mortíferas de este libro
impregnarán su alma, igual que el agua
impregna el azúcar. No es
aconsejable para todos leer las páginas que
seguirán; solamente a
algunos les será dado saborear sin riesgo
este fruto amargo.”
Así comienza una obra que ha sido llamada a conmover la fibra más sensible del ser
humano. La que dio vida a Maldoror, esa singular encarnación del mal que persigue la
obra de Dios con un sentido del humor macabro y desquiciado, y un estilete en la mano.
Así nace el Conde de Lautréamont, tachado por algunos de demente, imaginado, quizá,
por otros, como la propia encarnación del mal, dado que las circunstancias en que nació
y murió, y el final trágico de quienes se aproximaron a él y a su obra, pudo hacer
pensar que un mal incognoscible gobernaba su destino.
Así lo advertía él mismo en sus cantos:
“Mi poesía sólo consistirá en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje,
y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura".
Le llamaron el poeta sitiado, porque nació en el sitio que se dio en la Guerra Grande de Uruguay durante ocho años y murió en el sitio de Prusia sobre París.
Su madre se quitó la vida al poco de nacer él y su padre parecía más preocupado de sí
mismo que de su propio hijo.
La familia Ducase enterró junto con la madre, la vergüenza, y del mismo modo en que luego operaron con el propio Isidore, borraron toda huella de su paso por la tierra, para que su sombra no les llenara de oprobio. En su lápida tan solo consta el nombre de pila, por lo
que el hallazgo fue, en extremo, dificultoso, y en su acta de defunción rezan las equívocas
palabras: “muerte natural”.
No es difícil imaginar cómo transcurriría la niñez del joven Isidore, viviendo en una
ciudad efervescente, que veía desfilar por sus calles, soldados de todas las nacionalidades.
Esta circunstancia anómala, convertida en la única realidad de Isidore, debió hacerle vivir
los primeros años de su vida como quien viene al mundo para presenciar el juicio final.
Esto, unido al abandono del padre y al suicidio de la madre, hizo de Isidore un ser solitario,
osco y excéntrico. Más adelante, en su obra, encarnando a Maldoror, seduce a los niños hacia el mal, y si su inocencia es de naturaleza incorruptible los asesina.
Esto se explica por la marcada vivencia de los primeros años de su vida. Se vio inmerso en un mundo en que el niño, en sus primeros años de vida era inocente y cándido, y los adultos que le rodeaban, mezquinos y egoístas. Así decía:
“…la órbita aterrorizada por la que gira el globo humano en delirio, habitado por espíritus
crueles que se matan entre sí.”
Isidore, en su terrible obra no busca más que escandalizar con el mal más abyecto, para
que el lector, vea como único remedio a este, el bien supremo. Parecería esto, un disparate
si no se estudiara la obra y la vida del autor, y no se tratara de encarnar al propio Isidore
para analizar las causas de su motivación. Su poesía no tiene otra finalidad que la del bien supremo. Pero esto, no será sugerido mediante palabras amorosas al oído del adulto, puesto que la historia está llena de escritos de tal naturaleza. Lo que hace Isidore es golpear con puño de hierro el rostro del lector, para que despierte a la única naturaleza posible para el ser humano.
Así, para vencer las dudas del reticente editor, que no se atrevía a publicar semejante lenguaje, decía en una de sus cartas:
“Déjeme que ante todo le explique mi situación. Canté al mal como han hecho Mickiewiez,
Byron, Milton, Southey, A. de Musset, Baudelaire, etcétera. Naturalmente exageré el diapasón para crear algo nuevo en el sentido de esa literatura sublime que canta la desesperación sólo para atormentar al lector y hacerle desear el bien como remedio. De este
modo, es el bien lo que en definitiva se canta, pero con un método más filosófico y menos
ingenuo que el de la antigua escuela…”
En la misma carta, pedía que el editor entregara su manuscrito a la crítica de los principales articulistas, para que ellos decidieran si debía ser publicada, a lo que desesperado, añadía:
“Ellos serán los jueces exclusivos en primera y última instancia del comienzo de una
publicación que evidentemente solo verá su fin más tarde, cuando yo haya visto el mío.
Por consiguiente, todavía no está hecha la moraleja final. Y sin embargo hay un inmenso
dolor en cada página. ¿En eso consiste el mal? No, por cierto.”
Ya en París, Soupault, uno de sus condiscípulos, escribió sobre él:
“Con frecuencia, en la sala de estudios, pasaba horas enteras con los codos apoyados
en su pupitre, las manos sobre la frente y los ojos fijos en un libro clásico que no leía; se
advertía que estaba sumido en un ensueño.”
Isidore creó al conde de Lautréamont, pseudónimo con el que firma su obra: Los Cantos
de Maldoror. Si el conde de Lautréamont es el poeta más maldito de la historia, la suya,
fue a su vez, la obra más maldita.
Los editores no se atrevían a publicarla, pues es tan violento el lenguaje, denota una
desesperanza tan grande en el ser humano y es tan esencialmente maligno, que temían que
todas las maldiciones que, inevitablemente caerían sobre el autor, recaerían en ellos
también.
Con veinticuatro años de edad, Isidore muere, en el contexto que antes decía; el asedio
de las fuerzas de Prusia sobre París. Con veinticuatro años abandona el mundo, habiendo visto tan sólo veinte ejemplares de su obra impresos. Ejemplares que pagó el mismo y que entregó en mano a aquellos que de un modo u otro le habían acompañado en su vida. Con tan solo veinticuatro años y veinte ejemplares de la poesía más desconcertante que hombre alguno hubiera tenido en sus manos, y quizá la más sublime también.
Tras su muerte nace la leyenda del libro maldito.
“Una serie de visiones y de reflexiones en un estilo extraño, especie de Apocalipsis,
cuyo sentido sería inútil tratar de adivinar.”
León Techner.
“Por ridículo que parezca hoy descubrir un gran poeta desconocido, y descubrirlo en un
hospital de alienados, me veo obligado a declarar, en conciencia, que estoy seguro de
haber hecho el hallazgo.”
Remy de Gourmont.
“Vivió desventurado y murió loco. Escribió un libro que es único si no existiera la prosa
de Rimbaud: un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso, un libro en
que se oyen a un mismo tiempo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la
Locura”
Rubén Darío.
Es curioso que Darío plantee esta alegoría acerca de la locura de Lautréamont, ya que él
deja innumerables pistas por toda su obra, advirtiendo de su lucidez y entre ellas, esta:
“Mis razonamientos chocan contra los
cascabeles de la locura y la apariencia seria
de lo que al fin es grotesco”
Darío utiliza las palabras que utilizó Lautréamont como pistas en pro de su cordura,
apoyándose en su estilo, como si esperase que sus lectores no leyesen también la obra
de Ducasse.
Lautréamount plantea un duelo al lector. Se enfrenta con él de manera violenta. Le desorienta, le hace enrojecer de cólera, le confunde y finalmente hace que le tome por un
loco. Sólo un lector que supere la prueba que Lautréamount plantea, descubrirá que no era
un loco, sino que muy al contrario, poseía un espíritu, en extremo, lúcido. Sólo superando
la prueba planteada, podrá el lector hallar las claves para interpretar este canto, de estética
diabólica, que no es sino, un glorioso himno, y una grave llamada hacia el bien supremo. Es fácil, ahora, desentrañar el acertijo, pues tanto se ha hablado de su obra, tantas figuras eminentes han aportado su granito de arena, que la superación de la prueba planteada por
Latréamont, no es sino, el resultado del esfuerzo colectivo.
No se puede juzgar severamente a quienes le tacharon en su momento de loco (salvo
quizá por no haberle concedido una segunda lectura), ya que además de ser un completo
desconocido, había roto las normas de la estética, saliendo de los parámetros razonables
que podían comprenderse, dando pie, como así se le ha reconocido, a la corriente
del surrealismo.
"Montaigne estaba recluido por una fuerte depresión (en vida e imagen del Conde de
Lautréamont agrega que vivía torturado por remordimientos, el problema del bien y el mal era su obsesión) y ese encuentro fue decisivo. Nuestro diálogo se orientó de inmediato sobre Lautréamont, ya que experiencias de vida semejantes nos llevaban a ambos a
una intensa identificación con el conde.
Nuestra amistad terminó trágicamente con el suicidio de Montaigne."
Doctor Enrique Pichón Riviere.
En esto consiste el mito del conde de Lautréamount, el poeta maldito. Su obra “Los
cantos de Maldoror”, el libro maldito, desconcertó a los más ilustres autores de la época,
les hizo creer que estaba loco, pues no consiguieron hallar la clave del enigma.
Planteó serios conflictos morales y rompió la paz interior de innumerables estudiosos,
arrojando al cinismo, medio a través del cual nos explicamos todo lo que de otra manera
nos provocaría rubor, fuera de la faz de la tierra, provocando incluso suicidios entre quienes siguieron su obra de manera obsesiva.
En una primera lectura pasaría desapercibido, pero ahora se entenderán mejor las palabras
con que empieza la obra:
“Quiera el cielo que el lector, animoso y
momentáneamente
tan feroz como lo que lee, encuentre sin
desorientarse su camino
abrupto y salvaje a través de las ciénagas
desoladas de estas páginas
sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no
ser que aplique a su
lectura una lógica rigurosa y una tensión
espiritual equivalentes por lo
menos a su desconfianza, las emanaciones
mortíferas de este libro
impregnarán su alma, igual que el agua
impregna el azúcar. No es
aconsejable para todos leer las páginas que
seguirán; solamente a
algunos les será dado saborear sin riesgo
este fruto amargo.”
La significación etimológica de Maldoror es: Mal D´aurore, es decir: Mal de la Aurora. Es conocido que la evolución etimológica de Lucifer es: Eósforo, Estella Matutina, Lucero
y Lucifer. Todo ello significa: “El portador de la luz”.
Se sabe también que Yahvé, en el antiguo testamento encarnaba al bien y al mal. Es
decir, contenía en sí mismo toda la fuerza creadora y destructiva. La imagen del diablo
nació de mano de la iglesia mucho después, cuando separó el bien y el mal, otorgando el
primero a Dios, y el segundo al diablo, que fue una composición de diversas figuras tales
como Lucifer o Satanás (el enemigo).
Lucifer se enfrentó a Dios. ¿Por qué no hacer del hombre un ser, que como los ángeles, no sufriera, que fuera completo desde su nacimiento?
La estrella matutina es Venus, puesto que sólo es posible verlo al amanecer. De hecho
Lucifer siempre se ha asociado a la visión del planeta Venus, puesto que es quien trae la
luz. La aurora es el amanecer.
De esta manera quedan íntimamente ligadas la imagen de Lucifer y la de Maldoror. Ambas son figuras a las que se les atribuye todo tipo de males, pero que sólo buscan el bien
supremo en base al amor.
La diferencia vital entre Maldoror y Lucifer es que la motivación del primero está inspirada por el amor a la verdad y al bien, en tanto que con el hombre, por ser ajeno a este ideal, mantiene una relación de misantropía.
Este es el genial juego de palabras que Isidore Ducasse, o el conde de Lautréamont establece para darnos una pista más acerca del verdadero fin de la obra.
La significación etimológica de Lautréamont es: l'autre montagne, es decir: el otro
monte.
No se entendería qué significación podría tener si no advirtiéramos que Alejandro Dumas,
contemporáneo de Issidore Ducasse, escribió tiempo antes su afamada obra “el conde de Montecristo”
Por lo tanto, Lautréamont (el otro monte) no puede significar otra cosa que el opositor de
Cristo, es decir Lucifer. Pero no hay que entender en esta idea que es el enemigo de cristo. Este sería Satanás, ya que Lucifer es opositor de Dios tan sólo en su idea filosófica de lo que ha de ser el hombre, y como a este, le empuja hacia su idea el amor.
Por lo tanto, el conde de Lautréamont y Maldoror son la misma figura. Al menos nominalmente.
De nuevo Isidore Ducasse nos regala otro brillante juego de palabras y conceptos. Es mediante el concurso de estas dos ideas, cuando se puede dar por resuelto el enigma. El conde de Latréamont y Maldoror encarnan la misma figura. El misántropo encargado de
arrancar al hombre del mal mediante el chasquido del látigo.
Isidore Ducasse busca el bien, pero lo hace lanzando aullidos de desesperación ante el
espectáculo lamentable que la humanidad deja siempre tras de sí.
De esta manera empujó Isidore Ducasse a la humanidad hacia el surrealismo.
Su vida
Isidore Ducase nace en Montevideo el 4 de abril de 1846, durante terrible el sitio que
mantenían los partidarios de Oribe sobre la capital de Uruguay. Fue bautizado el 15 de
noviembre de 1847, tal como dice el acta de nacimiento:
“Año 1846, 4 de Abril, hora del mediodía: ante nosotros, administrador del Consulado General de Francia en Montevideo, ha comparecido el Sr. François Ducasse, canciller
delegado de este consulado, de 36 años; el cual nos ha declarado el nacimiento de un niño que nos ha presentado y que hemos reconocido ser sexo masculino, nacido hoy, a las nueve de la mañana, del, declarante, y de la señora Célestine- Jacquette Davezac, su esposa, de 24 años, y el niño al que, según declaró, quería dar el nombre de Isidore-Lucien. Las declaraciones y presentaciones nos fueron hechas por él en presencia de los señores Eugène Baudry, de 32 años, y Pierre Lafargue, de 41 años, comerciantes franceses ambos, residentes en Montevideo, que han firmado junto con el compareciente y nosotros, después de leída el acta”
Transcurrido menos de un mes desde su bautismo, Celestine, la madre, de tan sólo veinticuatro años de edad se suicida. De ella no sabemos casi nada, porque toda huella de su paso por la tierra fue borrada por parte de su familia.
Tan sólo una lápida olvidada, con su nombre de pila, es testigo mudo de lo que ella fue. Su padre, François Ducasse, era secretario del consulado general de Francia en Uruguay, y tras la muerte de la madre, se sabe que sus cuidados hacia el pequeño Isidore fueron nulos.
De esta manera, Isidoro creció como un gaucho. Terminología que se empleaba localmente para aquellos niños que no tenían padres conocidos.
Fue en 1851, cuando Isidore contaba con cuatro años de edad, cuando se firma el fin
del conflicto que atenazaba Montevideo. Se sabe poco acerca de los primeros años de su vida, ya que, como con su madre, su familia trató de borrar todas las huellas de su
existencia.
En 1860, a los catorce años de edad, viaja a París, donde llevará a cabo sus estudios, donde viviría los últimos años de su vida, y donde alumbró su obra maestra.
De este segundo periodo de su vida tenemos los escritos oficiales, tales como contratos de
arrendamiento y matriculaciones en cursos, sus cartas y la narración de uno de sus condiscípulos, que muchos años después escribiría sobre él.
Se inscribió en el Liceo Imperial de Tarbes, donde estudió los siguientes tres años de su vida, y en 1863 se matricula en el Liceo de Pau, en los cursos de retórica y filosofía. De esa época data un ejemplar de la Ilíada con el siguiente texto:
“Propiedad del señor Isidoro Ducasse, nacido en Montevideo (Uruguay). Tengo también “Arte de hablar”, del mismo autor”.
El 25 de mayo de 1867, el joven Isidore, siempre nostálgico, viaja a bordo del “Harrik” hacia Montevideo. No se sabe nada de su estancia allí, pero sí que pronto volvió a París para continuar con sus estudios.
A finales de ese año se inscribió en la Universidad Politécnica. Durante aquella segunda etapa de su vida jamás se sintió cómodo. El joven Isidore, siempre atormentado, vivió de pensión barata en pensión barata, economizando todo lo posible el dinero que le asignaba su padre para los estudios. Igualmente, no se sentía cómodo en ninguna universidad. Quizá debido a las vivencias de los primeros años de su vida, quizá por el desapego de su padre hacia él, el suicidio de la madre, o la actitud de su familia entera al enterrarla en el olvido, o quizá todo aquello junto, hizo que Isidoro viera en cada hombre, tan sólo aquella tendencia hacia el mal. El orgullo, el cinismo y la hipocresía, que como en todas las demás, también dominó su época.
Trataba con sus compañeros de clase, siempre con profundo respeto, pero siempre guardando una fría y contenida distancia, que finalmente rozaba la ofensa. El joven Isidore se sentía maldito, y así lo hizo ver algunas veces, cuando su alma, desgarrada de desesperación clamaba como esperando la acción de una mano amiga y protectora. Finalmente nada ocurría, quien estaba a su lado quedaba desconcertado ante algunas afirmaciones de Ducasse, que habrían sugerido tal idea en una mente inquisitiva, pero la profundidad de su alma era insondable para aquellos que le conocieron.
Cuando esto ocurría algo moría dentro de él. Se tornaba osco, pero inmediatamente le
sobrevenía un estado de serenidad sorprendente. Se sabía maldito y sólo, y la aceptación de este hecho, le daba por fin la tranquilidad, pues nada debía esperar.
Soupault, uno de sus condiscípulos, escribió sobre él, después de su fallecimiento, cuando
la opinión general era que había estado loco:
“Conocí a Ducasse en el liceo de Pau, en el año 1864. Estaba, conmigo y Minvielle, en la clase de retórica y en los mismos estudios. Veo todavía a ese joven alto y delgado, de espalda algo encorvada, tez pálida, largos cabellos que le caían sobre la frente, voz un tanto agria.
Su fisonomía no tenía nada de atractivo. Estaba de costumbre triste y silencioso, y como
replegado sobre sí mismo. Dos o tres veces me habló con cierta animación de países de ultramar donde llevaba una vida libre y feliz.
Con frecuencia, en la sala de estudios, pasaba horas enteras con los codos apoyados en su pupitre, las manos sobre la frente y los ojos fijos en un libro clásico que no leía; se advertía que estaba sumido en un ensueño.
Con mi amigo Minvielle, pensábamos que sentía nostalgia y que sus padres no hubieran podido hacer nada mejor que llamarlo de vuelta a Montevideo.
En clase, a veces parecía interesarse vivamente por las lecciones de Gustave Hinstin, brillante profesor de retórica, antiguo alumno de la Escuela de Atenas. Le gustaban mucho Racine y Corneille y sobre todo Edipo Rey, de Sófocles. La escena en que Edipo, conocedor por fin de la terrible verdad, profiere gritos de dolor y, arrancados los ojos, maldice su destino, le parecía muy hermosa. ¡Sólo lamentaba que Yocasta no hubiese llevado al colmo el horror trágico dándose muerte a la vista de los espectadores!
Admiraba a Edgar Allan Poe, cuyos cuentos había leído ya antes de entrar al liceo. También vi en sus manos un volumen de poesías, Albertus, de Théophile Gautier, que, según creo, le había pasado Georges Minvielle. En el liceo lo considerábamos un espíritu fantástico y Soñador, pero, en el fondo, buen muchacho, que no superaba entonces el nivel medio de instrucción, probablemente por causa de un atraso en sus estudios.
Me mostró un día algunos versos compuestos a su modo. El ritmo, por lo que pude juzgar en mi inexperiencia me pareció un poco extraño, y el pensamiento, oscuro. Ducasse sentía una aversión particular por los versos latinos. Un día, Hinstin nos dio a traducir en hexámetros el pasaje de Rolla, de Musset, sobre el pelícano. Ducasse, sentado detrás de mí en el banco más alto del aula, murmuró a mi oído contra la elección de semejante tema. Al día siguiente, Hinstin comparó dos composiciones, clasificadas en primer término, con las de los alumnos del liceo de Lille, donde había dictado antes retórica. Ducasse manifestó vivamente su irritación:
¿Por qué eso?
Es a propósito para disgustar con el latín. Había cosas, creo, que no quería comprender
para no perder nada de sus antipatías y sus desprecios. A menudo se me quejó de dolorosas jaquecas que, según el mismo reconocía, no dejaban de influir sobre su espíritu y carácter. En los días de gran calor, los alumnos iban a bañarse en el curso de agua del Bois Louis. Era una fiesta para Ducasse, excelente nadador. Me sería muy necesario –me dijo un día, refrescar más a menudo en esa agua de fuente mi cerebro enfermo. Todos esos detalles no
tienen mayor interés, pero existe un episodio que considero mi deber recordar. En 1864, hacia fines del año escolar,
Hinstin, que ya con frecuencia había reprochado a Ducasse lo que denominaba sus
exageraciones de pensamiento y estilo, leyó una composición de mi condiscípulo.
Las primeras frases, muy solemnes, al principio lo hicieron reír, pero de pronto se enojó.
Ducasse no había cambiado de manera, sino que la había agravado singularmente. Nunca
hasta entonces había dado tanta rienda suelta a su desenfrenada imaginación. No había una
sola frase cuyo pensamiento, hecho en cierto modo de imágenes acumuladas, de metáforas
incomprensibles, no fuese por añadidura oscurecido por invenciones verbales y formas de estilo que no siempre respetaban la sintaxis. Hinstin, clásico puro, cuya fina crítica no dejaba pasar error de gusto alguno, creyó que se trataba de una especie de desafío lanzado a
la enseñanza clásica, una broma maligna al profesor. Contrariamente a sus hábitos de
indulgencia, lo castigó privándolo de salida.
El castigo hirió profundamente a nuestro condiscípulo; se quejó con amargura, por este
motivo, a mí a mi amigo mi amigo Georges Minvielle. Intentamos hacerle comprender
que se había excedido por mucho la medida.
En el liceo, tanto en retórica como en filosofía, Ducasse no reveló, que yo sepa, ninguna
aptitud particular para las matemáticas y la geometría, cuya encantadora belleza celebra
con entusiasmo en Los Cantos de Maldoror. Pero le gustaba mucho la historia natural.
El mundo animal excitaba vivamente su
curiosidad. Lo vi admirar largo tiempo una cetoina de color rojo vivo que había encontrado
en el parque del liceo durante el recreo de mediodía. Sabiendo que Minvielle y yo éramos cazadores desde niños, a veces nos interrogaba sobre las costumbres y moradas de varios pájaros de la región pirenaica y las particularidades de su vuelo. Tenía atento espíritu de observación que no me sorprendió leer, al principio de los cantos primero y quinto de Maldoror, notables descripciones de los vuelos de las grullas y, sobre todo, de los estorninos, que había estudiado bien.
No volví a ver a Ducasse desde que salí del liceo, en 1865. Pero algunos años después recibí, en Bayona, Los Cantos De Maldoror. Era sin duda un ejemplar de la primera edición, la de 1868.
Ninguna dedicatoria, pero el estilo, las extrañas ideas que a veces entrechocaban como en
confusión, me hicieron suponer que el autor no era otro que mi antiguo condiscípulo.
Minvielle dijo que también él había recibido un ejemplar, enviado sin duda por Ducasse.”
F. Alicot preguntó a Lespès si Los Cantos de Maldoror no eran una mistificación. ”No lo
creo”, contestó. ”En el liceo, Ducasse tenía más relación conmigo
y con Georges Minvielle que con los otros alumnos. Pero su actitud distante, si puedo
emplear esa expresión, una suerte de gravedad desdeñosa y una tendencia a considerarse
como un ser aparte, las oscuras preguntas que nos planteaba a quemarropa y nos resultaba
embarazoso contestar, sus ideas, las formas de su estilo, cuya exageración señalaba nuestro
excelente profesor Hinstin y, en fin, la irritación que manifestaba a veces sin motivo
serio, todas esas rarezas nos inclinaron a creer que su cerebro carecía de equilibrio.
La imaginación desenfrenada se reveló por completo en un discurso en francés donde
aprovechó la oportunidad para acumular, con escalofriante lujo de epítetos, las imágenes
más atroces en relación a la muerte. Allí no había más que huesos rotos, entrañas colgantes,
carnes sanguinolentas o deshechas. Fue el recuerdo de ese discurso lo que, años después,
me hizo reconocer la mano del autor de Los Cantos de Maldoror, por más que Ducasse nunca me hubiese hecho alusión a sus proyectos poéticos. Minvielle y yo, así como otros condiscípulos, nos convencimos de que Hinstin había cometido un error al castigar a Ducasse, por su discurso, privándolo de salida. No se trataba de una broma maligna al profesor.
Ducasse se sintió profundamente herido por sus reproches y castigo. Estaba convencido,
me parece, de haber compuesto un excelente discurso, lleno de ideas nuevas y bellas formas
de estilo. Sin duda, si se comparan Los Cantos de Maldoror con las Poesías, se puede suponer que Ducasse no fuese sincero. Pero lo fue en el liceo, como creo, ¿por qué no lo
habría sido más adelante, cuando se esforzó por ser poeta en prosa y, en una suerte de delirio de la imaginación, se convenció tal vez e que devolvería al bien, mediante la imagen de la delectación en lo horrible, a las almas desesperanzadas de la virtud y la esperanza? En el liceo considerábamos a Ducasse como un buen Muchacho, pero algo, cómo decirlo, chiflado. No carecía de moral; no tenía nada de sádico...”
El dinero que el padre de Isidore le enviaba apenas sufragaba sus gastos. El joven Ducasse
gastaba más en libros que en comida, y ahorraba todo lo posible para editar su propia obra en el caso de que fuera rechazada.
La que sigue, es una carta que Isidore envía al director del banco en estos términos:
“Justamente ayer recibí su carta fechada el 21 de mayo; era la suya. Pues bien, sepa usted que desgraciadamente no puedo dejar escapar esta ocasión para expresarle mis excusas. Este es el motivo: si el otro día usted me hubiese informado, ignorando lo que puede sucederle de molesto a mi persona en las circunstancias en que se encuentra, que los fondos se agotaban, no me habría privado de tocarlos, pero seguramente hubiera sentido
tanta alegría en no escribir esas tres cartas como usted en no leerlas.
Ha puesto usted en vigor el deplorable sistema de desconfianza vagamente prescrito por el capricho de mi padre; pero usted ha adivinado que mi dolor de cabeza no me impide considerar atentamente la difícil situación en que lo ha colocado, hasta ahora una hoja de papel de carta llegada de América del Sur, cuyo principal defecto era la falta de claridad;
porque no tengo en cuenta la inconveniencia de ciertas observaciones melancólicas que se perdonan fácilmente a un anciano, y que me parecieron en una primera lectura, tener el aire de imponerle a usted, quizás en lo futuro, la necesidad de abandonar su papel estricto de banquero frente a un señor que viene a habitar en la capital…
Discúlpeme, señor, tengo que hacerle un pedido: si mi padre enviase otros fondos antes del 19º de septiembre, época en la que mi cuerpo hará su aparición frente a la puerta de su banco, ¿tendría usted la bondad de hacérmelo saber? Por lo demás estoy en casa a cualquier hora del día; no tendrá más que escribirme una palabra, y es probable entonces que la reciba casi tan pronto como la señorita que tira del cordón, o mucho antes, si me encuentro en el vestíbulo… ¡Y todo esto lo repito, por una bagatela insignificante de formalidad! Mostrar diez uñas secas en lugar de cinco; vaya negocio; después de haber reflexionado mucho, confieso que me ha parecido lleno de una notable cantidad de importancia nula…”
Fue en 1868, con veintidós años de edad, cuando Isidore publicó, pagando él mismo la
edición, publicó el primero de los cantos de Maldoror.
Louis Gennonceaux, escribió en el prefacio de la obra:
“Ducasse vive sólo. Frecuenta poco los cafés y hace largas caminatas a orillas del Sena. Durante el día lee mucho, y libros de toda clase. Sólo escribe de noche, sentado ante su piano, que junto con una cama y dos valijas llenas de libros, constituye el mobiliario. Bebiendo grandes cantidades de café, Ducasse declama sus frases acompañándolas de grandes acordes de piano. Método de trabajo que suele despertar, sobresaltados a los otros habitantes del hotel.”
Este canto pasó desapercibido, de manera que el joven escritor no recibió noticia alguna
tras su publicación. Así en el segundo canto decía:
"¿Adónde ha ido este primer canto de Maldoror desde el momento en que su boca, llena de hojas de belladona, lo dejó escapar a través de los reinos de la cólera, en un momento de reflexión? Dónde ha ido ese canto... No se sabe con exactitud. Ni los árboles ni el viento lo retuvieron. Y la moral que pasaba por ese sitio, sin presentir que ella tenía en esas páginas incandescentes un enérgico defensor, lo vio dirigirse, con paso firme y recto, hacia los recovecos oscuros y las fibras secretas…”
Meses después, termina su obra “Los cantos de Maldoror”. La presenta a varios editores, pero la rechazan. Finalmente, en 1869, Albert Lacroix, editor que se arriesgaba con escritores de poca notoriedad, imprime la obra, pero considerando que la violencia de su estilo podría empañar su imagen decide retenerlo. Sin embargo, a petición de Isidore, imprime 20 ejemplares, que repartió entre algunos de sus antiguos compañeros y su familia fundamentalmente.
La familia de Isidoro no daba crédito a lo que tenían entre sus manos. Firmes defensores de la moral más conservadora y devotos fervientes, sintieron que aquello manchaba sus nombres. Que aquél mocoso rebelde debía enmendarse y abandonar de inmediato el camino del diablo.
Así se lo hizo saber su padre, quien le escribió una carta muy airado exigiéndole que
tomara con renovado interés sus estudios y se dedicara a algo productivo.
Se sabe que su familia destruyó los ejemplares que Isidore les envió a penas empezada la
lectura. Tras esto, el joven Ducasse, más abatido que nunca, trató de agradar a un mundo que le daba la espalda, Escribió su segundo y último libro “Poesíes”, que cantaba a la esperanza de una manera clara y concisa, y también insulsa, como la de todos aquellos poetas que quedaron en el olvido.
Hizo el depósito legal en Abril de 1.870, durante los siete siguientes meses luchó por ver publicada su obra, pero, siempre atenazado por la penuria económica, siempre atormentado por el rechazo de sus semejantes, llegó a renegar de los cantos de Maldoror, cosa de la que debió arrepentirse inmediatamente.
Se sumió en su última morada, desesperado, ajeno a todo el mundo, hasta que un día,
caminando absorto por la calle llegó la noticia.
Las fuerzas prusianas habían puesto sitio
sobre París.
Isidore alzó la cabeza y miró al cielo, había sido colocada la última pieza de su vida. Se
había cerrado el círculo. Volvió a su casa y se suicidó.
Cuando terminó la obra “Poesíes” escribió a su editor en estos términos:
“Lacroix ha cedido la edición o qué ha hecho? ¿O usted la ha rechazado? Él no me ha dicho nada. No lo he vuelto a ver desde entonces. Usted sabe, he renegado de mi pasado. Ya no canto sino la esperanza: pero para esto es necesario atacar ante todo la duda de este siglo (melancolías, tristezas, dolores, desesperaciones, lúgubres relinchos, perversidades artificiales, orgullos pueriles, maldiciones extrañas, etc.). En una obra que llevaré a Lacroix en los próximos días de Marzo, elijo las más bellas poesías de Lamartine, de Víctor Hugo, de Alfredo de Musset, de Byron y de Baudelaire, y las corrijo en el sentido de la esperanza; indico cómo habrían debido hacerse. Al mismo tiempo corrijo tres trozos entre los más malignos de mi condenado libraco.”
El acta de defunción de Isidore Duchase dice lo siguiente:
”El jueves 24 de noviembre de 1870, a las dos de la tarde, acta de fallecimiento de Isidore-
Lucien Ducasse, escritor de 24 años, nacido en Montevideo (América Meridional), fallecido esta mañana a las 8 horas, en su domicilio, calle Faubourg-Montmartre, Nº7,
sin que haya otras informaciones. El acta ha sido levantada en presencia del Sr. Jule François Dupuis, hotelero, calle Faubourg-Montmartre, Nº7, y Antoine Milleret, mozo de
hotel, misma casa, testigos que firmaron con nosotros, Louis-Gustave Nast, adjunto del
intendente, hecha la lectura y comprobado el fallecimiento según lo prescribe la ley”.
“Años más tarde, el movimiento surrealista, que descartando primero a Baudelaire y
luego a Rimbaud, prefirió el gusto al escándalo y, para decepcionar las admiraciones
burguesas, prefirió a un Lautréamont genial y mitológico, del cual hizo un arcángel enfurecido que lanzaba blasfemias en la noche apocalíptica",
dirá Marcel Raymond en su "De Baudelaire au Surrealisme”.
El sitio a Montevideo fue testigo del nacimientode Isidore y del suicidio de la madre, y el sitio de Paris vio llegar su fin.
Breve fragmento de su obra
Viejo océano de ondas de cristal, te pareces, guardadas las
proporciones, a esas marcas azuladas que se ven en el dorso magullado
de los grumetes, eres una inmensa equimosis que se muestra sobre el
cuerpo de la tierra: me encanta esta comparación. Así, al primer golpe
de vista, un soplo prolongado de tristeza, que se tomaría por el
murmullo de tu brisa suave, pasa, dejando rastros inefables sobre el
alma profundamente sacudida, y recuerdas a la memoria de tus
amantes, sin que ellos lo adviertan, los duros comienzos del hombre
en los que inicia sus relaciones con el dolor, que no ha de abandonarlo
nunca más. ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, tu forma armoniosamente esférica, que regocija
la cara grave de la geometría, me recuerda demasiado los ojillos del
hombre, parecidos por su pequeñez a los del jabalí, y a los de las aves
nocturnas por la perfección circular del contorno. Sin embargo, en el
transcurso de los siglos, el hombre no ha dejado nunca de creerse bello.
Pero pienso que más bien cree en su belleza por amor propio, aunque
en realidad no es bello y lo sospecha; si no, ¿por qué contempla el rostro
de sus semejantes con tanto desprecio? ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, eres el símbolo de la identidad: siempre igual a
ti mismo. No presentas cambios fundamentales, y si tus olas en alguna
parte están encrespadas, más lejos, en otra zona, se encuentran en la
más completa calma. No eres como el hombre que se detiene en la calle
para ver cómo se toman por el cuello dos bull-dogs, pero que no se
detiene cuando pasa un entierro; que por la mañana está afable y por
la tarde malhumorado, que hoy ríe y mañana llora. ¡Te saludo, viejo
océano!
Viejo océano, no sería del todo imposible que escondieras en
tu seno futuros beneficios para el hombre. Ya le has dado la ballena.
No dejas adivinar fácilmente a los ojos ávidos de las ciencias naturales
los mil secretos de tu íntima estructura: eres modesto. El hombre se
jacta continuamente, y sólo de minucias. ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, las especies diversas de peces que alimentas,
no se han jurado fraternidad entre sí. Cada especie vive apartada.
Los temperamentos y las conformaciones variables de una a otra,
explican, de manera satisfactoria, lo que al comienzo sólo parece una
anomalía. Lo mismo pasa con el hombre, que no tiene los mismos
motivos de disculpa. Si un trozo de tierra está ocupado por treinta
millones de seres humanos estos se creen obligados a no mezclarse
en la existencia de sus vecinos, que han echado raíces en el trozo de
tierra contiguo. Grande o pequeño, cada hombre vive como un
salvaje en su guarida, y sale de ella muy poco para visitar a sus
congéneres, acurrucados igualmente en otra guarida. La gran familia
universal de los seres humanos es una utopía digna de la lógica más
mediocre. Además, del espectáculo de tus mamas fecundas se
deduce la noción de ingratitud: pues se piensa inmediatamente en la
multitud de padres ingratos hacia el Creador como para Abandonar
el fruto de su miserable unión. ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, tu grandeza material sólo puede medirse con la
magnitud que uno se representa de la potencia activa que ha sido
necesaria para engendrar la totalidad de tu masa. No se te puede
abarcar de una ojeada. Para contemplarte es imprescindible que la
vista haga girar su telescopio con movimiento continuo hacia los cuatro
puntos del horizonte, del mismo modo que un matemático está
obligado, para resolver una ecuación algebraica, a examinar por
separado los distintos casos posibles, antes de superar la dificultad. El
hombre ingiere sustancias nutritivas y realiza otros esfuerzos dignos
de mejor suerte para dar la idea de que es corpulento. Que se hinche todo
lo que quiera esa rana adorable. Quédate tranquilo, nunca igualará tu
volumen; por lo menos esa es mi opinión. ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, tus aguas son amargas. Tienen exactamente el
mismo gusto que la hiel destilada por la crítica sobre las bellas artes,
sobre las ciencias, sobre todo. Si alguien tiene genio, se le hace pasar
por idiota, si algún otro es corporalmente bello, resulta un horrible
contrahecho. No hay duda de que el hombre debe sentir intensamente
su imperfección, cuyas tres cuartas partes son, por lo demás, obra
suya, para criticarla de tal modo. ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, los hombres, pese a la excelencia de sus métodos,
todavía no ha logrado, con ayuda de los procedimientos de investigación
de la ciencia, medir la profundidad vertiginosa de tus abismos,
algunos de los cuales hasta las sondas más largas y pesadas han
reconocido inaccesibles. A los peces… le está permitido; no a los
hombres. Muchas veces me he preguntado si será más fácil de
reconocer la profundidad del océano que la profundidad del corazón
humano. A menudo, con la mano apoyada en la frente, de pie sobre
los barcos, en tanto que la luna se balanceaba entre los mástiles en
forma irregular, me he sorprendido mientras hacía a un lado todo
aquello que no era el fin que yo perseguía, esforzándome por resolver
ese difícil problema. Si, ¿cuál es más profundo, más impenetrable de
los dos: el océano o el corazón humano? Si treinta años de experiencia
de la vida pueden, hasta cierto punto, inclinar la balanza hacia una u
otra solución, me estará permitido decir que, pese a lo profundo del
océano, no podrá igualarse, en lo que respecta a dicha propiedad, con
lo profundo del corazón humano. Estuve en contacto con hombres que
fueron virtuosos. Morían a los sesenta años y nadie dejaba de
exclamar: “Han practicado el bien en este mundo, lo que quiere decir
que han sido caritativos: eso es todo; no hay en ello picardía alguna
y cualquiera puede hacer otro tanto.” ¿Quién comprenderá por qué dos
amantes que se idolatraban la víspera, se separan por una palabra mal
interpretada, uno hacia oriente, otro hacia occidente, con los aguijones
del odio, de la venganza, del amor y de los remordimientos, y no se
vuelven a ver nunca más, embozado cada uno en su altanería solitaria?
Es un milagro que, aunque se renueva diariamente, no deja por eso de
ser menos milagroso. ¿Quién comprenderá por qué se saborean, no
sólo las desgracias generales de los semejantes, sino también las
particulares de los amigos más queridos, aunque al mismo tiempo se
sufra aflicción? Un ejemplo irrebatible para cerrar la serie: el hombre
dice sí hipócritamente y piensa no. Por esa razón los jabatos de la
humanidad confían tanto los unos en los otros, y no son egoístas.
Todavía le queda a la psicología mucho camino por andar. ¡Te saludo,
viejo océano!
Viejo océano, tu poder es extraordinario y los hombres han
aprendido a conocerlo a sus expensas. Por más que empleen todos los
recursos de su genio, son incapaces de dominarte. Han encontrado a
su maestro. Debo agregar que han encontrado algo más fuerte que
ellos. Ese algo tiene un nombre. Ese nombre es: ¡océano! El miedo que
les inspiras ha hecho que te respeten. Con todo, haces danzar sus
máquinas más pesadas con gracia, elegancia y facilidad. Les haces
ejecutar saltos gimnásticos hasta el cielo y admirables zambullidas
hasta el fondo de tus dominios que despertarían la envidia de un
saltimbanqui. Bienaventurados aquellos que no llegas a envolver
definitivamente con tus pliegues burbujeantes, para ir a ver, sin
ferrocarril, en tus entrañas acuosas, cómo lo pasan los peces, y sobre
todo, cómo lo pasan ellos mismos. El hombre dice: “yo soy más
inteligente que el océano.” Es posible, quizás hasta sea cierto; pero
más miedo tiene el hombre al océano, que el que éste le tiene al
hombre; lo cual no necesita demostración. Ese patriarca observador,
contemporáneo de las primeras épocas de nuestro globo suspendido,
sonríe compasivo cuando asiste a los combates navales de las
naciones. Ahí tenéis un centenar de leviatanes salidos de las manos
de la humanidad. Las órdenes enfáticas de los superiores, los gritos
de los heridos, el estruendo de los cañones, constituyen una barahúnda
apropiada para aniquilar a unos pocos segundos. Pareciera que el
drama ha concluido y que el océano lo ha engullido todo en su vientre.
Las fauces son formidables. ¡Qué inmenso debe de ser hacia abajo,
en la dirección de lo desconocido! Como remate de la estúpida
comedia, que ni si quiera despierta interés, se ve en medio de los aires
alguna cigüeña retrasada por la fatiga, que se pone a gritar sin
disminuir el empuje de su vuelo: “¡Vaya! … ¡no me gusta nada!
Había allá abajo unos puntos negros; cerré los ojos y ya no están
más. “¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, oh gran célibe; cuando recorres la solemne
soledad de tus reinos flemáticos, te enorgulleces con justicia de tu
Magnificencia natural y de la merecida alabanza que me apresuro a
dedicarte. Voluptuosamente mecida por los tiernos efluvios de tu
lentitud majestuosa –atributo, el más grandioso entre aquellos con que
el soberano te ha favorecido-, tú haces rodar, en medio de tu sombrío
misterio, por toda tu superficie sublime, las olas incomparables, con
el sentimiento sereno de tu eterno poder. Ellas desfilan paralelamente,
separadas por cortos intervalos. Apenas una disminuye, otra que crece
va a su encuentro, acompañada del rumor melancólico de la espuma
que se deshace para advertirnos que todo es sólo espuma. (Así los seres
humanos, esas olas vivientes, perecen uno tras otro, de un modo
monótono, sin producir siquiera rumor espumoso.) El ave de paso
reposa sobre ellas confiada, dejándose llevar por sus movimientos
llenos de gracia arrogante, hasta que el armazón de sus alas haya
recobrado el vigor normal para continuar su aérea peregrinación.
Quisiera que la majestad humana fuera por lo menos la encarnación
del reflejo de la tuya. Pido demasiado, y este deseo sincero te glorifica.
Tu grandeza moral, imagen del infinito, es inmensa como la reflexión
del filósofo, como el amor de la mujer, como la belleza divina del ave,
como la meditación del poeta. Eres más bello que la noche. Contéstame,
océano: ¿quieres ser mi hermano? Muévete impetuosamente…
Más… todavíamás, si aspiras a que te compare con la venganza de
Dios: alarga tus garras lívidas fraguándole un camino en tu propio
seno… está bien. Haz rodar tus olas espantosas, océano horrible que
sólo yo comprendo, y ante el cual caigo prosternado. La majestad del
hombre es prestada; no se me impone; tú sí. Oh, cuando avanzas con
la cresta alta y terrible, -rodeado por tus repliegues tortuosos como por
un séquito, magnético y salvaje, haciendo rodar tus ondas unas sobre
otras, con la conciencia de lo que eres, en tanto que lanzas desde las
profundidades de tu pecho, como abrumado por un inmenso remordi-
miento que no puedo descubrir, ese sordo bramido perpetuo que tanto
atemoriza a los hombres, hasta cuando te contemplan trémulos desde
la seguridad de la costa; entonces comprendo que no poseo el insigne
derecho de proclamarme tu igual. Por eso, frente a tu superioridad,
te entregaría todo mi amor (y nadie conoce la cantidad de amor
contenida en mis aspiraciones hacia lo bello) si no me recordaras
dolorosamente a mis semejantes, que forman contigo el más irónico
contraste, la antítesis más grotesca que jamás se haya visto en la
creación: no puedo amarte, te aborrezco. ¿Por qué entonces vuelvo
a ti, por milésima vez, hacia tus manos amigas que se disponen a
acariciar mi frente ardorosa, cuya fiebre desaparece a tu contacto? No
conozco tu destino secreto, todo lo que te concierne me interesa. Dime,
entonces, si eres la morada del príncipe de las tinieblas. Dímelo…
dímelo, océano (solamente a mí para no entristecer a aquellos que
hasta ahora sólo han conocido ilusiones), y si el soplo de Satán crea
las tempestades que levantan tus aguas saladas hasta las nubes. Es
preciso que me lo digas porque me alegraría saber que el infierno está
tan cerca del hombre. Quiero que ésta sea la última estrofa de mi
invocación. Por lo tanto, quiero saludarte una vez más y presentarte
mi adiós. Viejo océano de ondas de cristal… abundantes lágrimas
humedecen mis ojos, y me faltan fuerzas para proseguir, pues siento
que ha llegado el momento de retomar con los hombres de aspecto
brutal; pero… ¡ánimo! Hagamos un gran esfuerzo y cumplamos, con
el sentimiento del deber, nuestro destino sobre esta tierra. ¡Te saludo,
viejo océano!
