La condesa sangrienta

 Elizabeth Bathory es otro personaje que obtuvo merecidamente la fama de vampiro por sus prácticas sangrientas.

 Pensó que al contacto con la sangre humana, su cuerpo recuperaba juventud. Es este un detalle importante, pues el vampiro se lanza hacia la inmortalidad alimentándose de sangre, y no sólo esto, sino que la propia sangre le ayuda a rejuvenecer aparentemente.

 

 La leyenda de Elizabeth comienza cuando Ferenc, su guerrero y sanguinario marido, conocido también como el caballero negro, fallece de una súbita enfermedad. Elizabeth cuenta con cuarenta y cuatro años y es en ese momento cuando se obsesiona con la eterna juventud. Pero todo habría quedado en ungüentos y pócimas de no ser por un hecho que removió su trastornada imaginación.

  Una mañana, una de sus sirvientas, peinándola le dio sin querer un tirón de pelos. Recibió a cambio un golpe en la nariz tan fuerte que se la rompió y su sangre cayó sobre la piel de Elizabeth. Le pareció que allá donde cayera la sangre, las arrugas habían retrocedido. Pensó que había hallado la solución a la vejez.

  La sirvienta fue desnudada y se le practicó un profundo corte en la garganta. Elizabeth se embadurnó con su sangre, y toda aquella escena no hizo más que alimentar su enajenación.

 

  A partir de aquí comenzaría una orgía de sangre que despobló la zona entera de vírgenes, pues eran vírgenes lo que buscaba. No sólo pensaba que la sangre le devolvía la juventud, si no que le proporcionaría la juventud que les era arrebatada a sus víctimas.

  Constantemente los criados del palacio salían en busca de nuevas sirvientas vírgenes, y los padres, honrados prestaban a sus hijas.

 

  Su locura la llevó a tomar la costumbre de quemar los genitales a algunas sirvientas con velas, carbones y hierros por pura diversión. También generalizó su práctica de beber la sangre directamente mediante mordiscos en las mejillas, los hombros o los pechos.

  En su castillo había instaurado una auténtica sala de torturas.

  Las mujeres eran desangradas en una jaula y su sangre vertida directamente a una canal que la conducía a la bañera de Elizabeth. Cuando la bañera estaba llena ella tomaba su baño rejuvenecedor.

 

  Por la falta de sirvientas en la zona, a consecuencia de tantos crímenes, cometió el error que acabaría con ella: utilizando sus contactos, comenzó a tomar a niñas y adolescentes de buena familia para educarlas, pero pronto corrieron la misma suerte. Su ansia de sangre fue voraz.

 

 

"...una joven de doce años llamada Pola logró escapar del castillo de algún modo y buscó ayuda en una villa cercana. Pero Dorka y Helena Jo se enteraron de dónde estaba por los alguaciles, y tomándola por sorpresa en el ayuntamiento, se la llevaron de vuelta al Castillo de Cachtice por la fuerza, escondida en un carro de harina. Vestida sólo con una larga túnica blanca, la condesa Erzsébet le dio la bienvenida de vuelta al hogar con amabilidad, pero llamaradas de furia salían de sus ojos; la pobre ni se imaginaba lo que le esperaba. Con la ayuda de Piroska, Ficzko y Helena Jo, arrancó las ropas de la doceañera y la metieron en una especie de jaula. Esta particular jaula estaba construida como una esfera, demasiado estrecha para sentarse y demasiado baja para estar de pie. Por su [cara] interior, estaba forrada de cuchillas del tamaño de un dedo pulgar. Una vez la muchacha estuvo en el interior, levantaron bruscamente la jaula con la ayuda de una polea. Pola intentó evitar cortarse con las cuchillas, pero Ficzko manipulaba las cuerdas de tal modo que la jaula se balancease de lado a lado, mientras que desde abajo Piroska la punzaba con un largo pincho para que se retorciera de dolor. Un testigo afirmó que Piroska y Ficzko se dieron al trato carnal durante la noche, acostados sobre las cuerdas, para obtener un malsano placer del tormento que con cada movimiento padecía la desdichada. El tormento terminó al día siguiente, cuando las carnes de Pola estuvieron despedazadas por el suelo".

  Pero no vamos a ahondar más en los hirientes detalles de su censurable práctica. Como veremos a continuación, Elizabeth no salió indemne de tales prácticas.

 

  El conde Thurzó, escandalizado por las habladurías que se vertían sobre la condesa se persono en el castillo con su propia guardia y lo que vio allí le provocó un profundo espanto.

  Interrogó a todos los sirvientes del castillo, obligándoles a contar en todo momento la verdad.

  A consecuencia de esto, todos los colaboradores de Elizabeth fueron decapitados en el acto; las brujas que habían aconsejado a Elizabeth acerca de como hacer sus prácticas, fueron torturadas: Se les arrancaron los dedos con tenazas al rojo vivo y después fueron quemadas vivas.

  En cuanto a la condesa, fue empaderada, dejando tan sólo un pequeño orificio, suficiente para suministrarle alimentos, y tras cuatro años de indecible sufrimiento, finalmente murió.

 

 

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Documental sobre Elizabeth Bathory

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