Alejandro holgazán

 

 

 

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Ficha técnica

Título: Alejandro holgazán.

Estilo: Literatura infantil. Recomendado a partir de nueve años.

Autor: A. J. González.

Dibujo de portada y dibujos de interior: Héctor Moltó.

Diseño de portada: A. J. González y Héctor Moltó.

Fecha en que fue escrito: Marzo de 2.008

Fecha de primera publicación: Octubre de 2.009

 

Notas del autor acerca de la obra

Este libro nos narra las aventuras que vive Alejandro, un niño de diez años, en un día lluvioso, en que todo amenaza con salir mal.

  Nuestro pequeño amigo vive rodeado de temores infantiles que convierten cada día en una prueba de valor.
   Por si fuera poco, a Alejandro no le gusta hacer los deberes de clase, lo que hace que siempre esté temiendo el castigo de su maestro.

  Sin embargo, cuando parece que ya nada puede ir peor, Alejandro vivirá la aventura más fantástica de su vida. Hará unos amigos muy singulares, hallará
el camino para superar sus temores y descubrirá que con el poder de su imaginación todo es posible.

  Este libro es un intento de introducir al niño en el mundo de la literatura y animarle, no a leer, pues el niño ya tiene el libro en la mano, si no a escribir y
emplear su imaginación de esa manera tan divertida y creativa.

¿Cómo surgió la idea?

  El primer capítulo de la novela fue escrito originalmente como un texto muy elaborado para adultos. Este texto resultó ser uno de mis últimos ejercicios literarios, y después serviría de base para el desarrollo del libro.

  La intencionalidad del libro es completamente distinta a la original, pues como ejercicio literario, era un texto cargado de ironía en el que narraba mis frustraciones el primer día de colegio.

 

  Meses después de terminar este ejercicio literario, y tras unos resultados muy estimulantes en los siguientes, me sentí preparado para escribir por fin una novela, y mi mujer me sugirió que probara con un texto infantil, dado que mi tendencia hacia la literatura oscura era más que evidente.

  Volví sobre mi ejercicio literario y lo transformé, y tras analizar los objetivos que quería cubrir, empecé a trabajar en él.

 

  Algunos meses después falleció Juan Antonio Cebrián, el celebérrimo director del programa de radio La Rosa de los Vientos, escritor y miembro de la tertulia de las "cuatro c".

  No tengo medios para hacerle el justo homenaje que merece, o al menos, jamás quedaría satisfecho con él.

  Todas las generaciones son habitadas por seres tan especiales que nos marcan y dejan profunda huella en nosotros, y Juan Antonio y su equipo han sido sin duda el referente de muchos de nosotros. Parece que se ha apagado una de las luces que iluminaban nuestro oscuro mundo, pero siempre seguirán ahí sus libros y las grabaciones de sus programas, que tan generosamente ponía en manos de sus oyentes.

 

  Elegí honrar su memoria dando al protagonista de esta historia, el nombre de su hijo, y haciéndole vivir estas aventuras que conducen a nuestro amigo hacia la luz y el conocimiento, tal y como juan Antonio se esforzó en hacer con todos nosotros.

Breve fragmento de la obra

 

1.- UN DÍA LLUVIOSO

 

 

  Luna saltó a su cara y comenzó a lamerle y ladrarle.

  -¡Luna, No! -protestaba el pobre Alejandro, que tan terriblemente era arrancado de sus sueños.

  La perrita dio un brinco, aterrizó en el suelo y salió disparada hacia el comedor.

  Apenas había alcanzado Alejandro la ropa para vestirse, cuando Luna volvió a aparecer con una pelota en la boca.

  Alejandro resopló. La pelota rodó hasta él y Luna le miró expectante. Alejandro la apartó con el pie.

  -No seas pesada, Luna- le dijo.

  -A desayunar- dijo la madre desde la cocina.

  Alejandro se sentó a la mesa con sueño aún, y desayunaba mientras su madre le preguntaba:

  -¿Tienes todos los deberes de la escuela terminados?

  -Sí, mamá- respondió este.

  -Es muy importante que tengas tus trabajos al día, hijo- le decía la madre.

  Cuando el niño iba a salir de casa con la mochila al hombro le dijo la madre:

  -Coge paraguas, Alejandro. Está lloviendo.

  -Sí -contestó él.- Aquel día Alejandro salió a la calle con la culpa de la mentira.

  Alejandro corría hacia la parada del autobús una vez más, sin tener los trabajos acabados y habiendo mentido a su madre.

  Ahora la lluvia salpicaba su cara, y sus piernas corrían veloces bajo la tormenta. No se explicaba cómo no había realizado el trabajo para clase. Se imaginaba que el destino y la casualidad habían actuado contra él.

Parecería un argumento falso, una excusa, pero no era así. No, no podía serlo, porque a Alejandro no le faltó voluntad.

  El maestro no creería su versión. Para él todo lo que no fuera cumplir con el cometido asignado eran excusas.

  Pero analizando los hechos, el niño, se veía capaz de demostrar, ante un tribunal justo, su inocencia.

  En primer lugar, la tarde anterior, cuando llegó a casa, después de haberle sido conferida la misión, nunca debieron televisar aquella película que tanto le gustó. ¿Cómo una inocente y pequeña personita sería capaz de vencer una tentación tan grande?

  Para cuando hubo terminado la película y los comentarios de la misma, decidió embarcarse en la dura tarea de leer el libro para hacer la redacción del colegio, pero él no sospechaba que sus problemas, en realidad acababan de empezar.

  Su madre le obligó a tomar un baño. ¡Si, nada menos! Así que tubo que enfrentarse en un duelo al enemigo de los niños. El agua y el jabón. Para colmo, la flota del capitán pirata había naufragado entre la brumosa espuma, y los supervivientes se arrojaron literalmente sobre una isla desierta desde la que planeaban su rescate.

  El barco pirata se había hundido en el fondo del agua y de haberlos abandonado no habrían tenido esperanza de sobrevivir.

  Jamás un corazón bondadoso abandonaría de esa manera, a su suerte a tan heroicas criaturas que por otro lado dependían de él. No fue algo agradable, de eso estaba seguro, pues la tripulación no ganó la libertad hasta mucho después de haberse enfriado el agua.

  Cuando, sentado en su escritorio se disponía a enfrentar al destino que hasta entonces había jugado con él y con su buena voluntad, pensó  que había le ganado la partida y sonrió. Pero ocurrió que éste, aún no había dicho la última palabra, y Alejandro se horrorizó al contemplar sus arrugadas manos. ¡Así no se podía trabajar! Preocupado, meneó la cabeza y se fue a cenar para que el transcurso de ese precioso tiempo devolviera la salud a sus moribundas manos.

  Es curioso cómo, cuando tenemos algo importante que hacer, el hambre atenaza más y hace comportarnos como lobos hambrientos. No por la velocidad a la que ingerimos, sino por la gran cantidad de alimentos que hasta entonces no considerábamos, pudiera caber en nuestro interior, prolongando el momento hasta desesperar al mismo tiempo.