El Capitán Artigas

Escritores cuya obra fue condicionada por esta época

 

 

Isidore Ducasse

Antecedentes históricos

  El principio del siglo XIX estuvo marcado por la incesante lucha de España por conservar los territorios de Uruguay, principalmente frente a los portugueses, que habiendo asentado las colonias de Brasil, ambicionaban apoderarse de este país.

  Además de esto, en 1.806, una gran flota inglesa fue derrotada por los españoles frente a las costas de Montevideo. De esta forma, España consiguió conservar su hegemonía sobre Uruguay algunos años más, pero ya entonces, un proyecto revolucionario en el país, tomaba forma e iba asentándose entre los criollos un proyecto que fue gestado ante la ausencia de una autoridad real en España, tras la conquista de Napoleón sobre la Península, en 1.808.

  Las posesiones españolas caían así bajo la incertidumbre, sin dominio

sobre ellas. En la península ibérica se gestaba la guerra de la independencia sobre Francia y en las Américas se proyectaba la misma acción sobre España.

El 27 de Febrero de 1.811, un contingente de revolucionarios, encabezados por Pedro José Viera, más conocido como Perico el bailarín, y Venancio Benavides, se reunió en el arrollo Asencio, donde se lanzaron proclamas de libertad, y formando un ejército irregular se lanzaron al día siguiente sobre Mercedes y Santo Domingo de Soriano, conquistándolas para la causa revolucionaria.

  Este hecho enardeció al pueblo uruguayo y fue conocido después con el nombre de, el grito de Asencio. A esto siguieron levantamientos en todo el continente, formando juntas de autogobierno. Pero esto no era suficiente. El ejército irregular uruguayo no sería capaz de derrotar a España y obligarla a retirarse, por lo que buscaron en Argentina el apoyo militar que necesitaban.

  En aquellos momentos, Argentina se veía así misma como una realidad. Un estado independiente que luchaba contra los últimos reductos españoles.

  El 25 de Mayo de 1.810, el pueblo de Buenos Aires había depuesto al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, cabeza del Virreinato del río de la Plata, y lo reemplazó, dando comienzo al levantamiento de Mayo, y obligando a España a trasladar el virreinato a Montevideo, cuyo puerto rivalizaba en importancia con el de Buenos Aires.

 

  El capitán Artigas (José Gervasio Artigas), uruguayo de nacimiento, fue el adalid de la causa Argentina. Mariano Moreno, secretario de la primera junta, representante del ala radicalizada de Buenos Aires, había escrito, en Agosto de 1.810, en su plan revolucionario de operaciones, lo siguiente:

 

  “Sería muy del caso atraerse a dos sujetos por cualquier interés y promesas, así por sus conocimientos, que nos consta son muy extensos en la campaña, como por sus talentos, opiniones, concepto y respeto; como son los del Capitán de Dragones don José Rondeau y los del Capitán de Blandengues don José Artigas; quienes, puesta la campaña en este tono y concediéndoles facultades amplias, concesiones, gracias y prerrogativas, harán en poco tiempo progresos tan rápidos, que antes de seis meses podría tratarse de formalizar el sitio de la plaza.”

 

  Así, Argentina, oyendo la llamada de auxilio de Uruguay, y viendo en su proyecto, una más que probable realidad, dejó marchar al capitán Artigas, que junto con 180 hombres adiestrados, defendió la causa de su patria. Venció a las fuerzas españolas en sucesivas batallas, hasta que estas, viendo en Montevideo su último reducto, se acantonaron allí y fueron sometidas a sitio.   La victoria era un hecho. Los pueblos de Hispanoamérica conocerían sus días de libertad.

  Sin embargo, la guerra no había hecho más que empezar. Una vez derrotado el ejército gobernante, quedaba un basto territorio por organizar, y cada potencia actuó según sus intereses.

  En 1.812 Artigas convocó un congreso nacional en Maroñas y declaró a la Provincia Oriental (Uruguay) como gobierno federal y ejemplo a seguir por todas las Provincias Unidas del río de la Plata. Entretanto, el gobierno portugués estaba alarmado, pues temía que los aires de revuelta nacieran también en Brasil, por lo que envió un contingente armado al auxilio de España, cosa que empujó a Buenos Aires a pactar un armisticio con los españoles, levantando así el sitio sobre Montevideo.

  Con esta acción nació la primera discordia entre el capitán Artigas y el gobierno argentino. Él ansiaba mantener el sitio y luchar frente a los portugueses. Quería obtener una rápida victoria para instituir los nuevos estados cuanto antes.

  Argentina comenzó a ver en este momento, en Artigas un posible enemigo, pues era partidario del federalismo, idea que de realizarse acabaría con la centralización y la autoridad de Buenos Aires sobre todo el territorio.

  En este punto, se decidió que debía ser apartado de los círculos influyentes de la manera más efectiva. A este efecto, fue nombrado; Teniente gobernador, justicia mayor y capitán de Yapeyú, lugar deshabitado, al que sin embargo, se trasladó con 16.000 colonos, configurando un gobierno propio y mostrando así el liderazgo que ejercía sobre su pueblo.

 

El sitio de Montevideo

  En 1.830 se había firmado la primera constitución de Uruguay, recogiendo, por primera vez los territorios que conformaban la Banda de Oriente y ordenándolos bajo una enseña y un código, que conformaban la efectiva independencia del país.

  Si Uruguay no hubiera tenido caudillos como el Capitán Artigas, como Pedro José Viera o Venancio Benavides, hubiera pasado a formar parte, sin duda, de los bastos territorios de Argentina, o quizá de Brasil.

  El sueño, por tanto, era ya una realidad, pero aún quedaban por superar amargas pruebas para un pequeño país rodeado de titanes, y siempre a punto de estallar debido a las presiones internas.

El primer presidente de la emergente potencia, fue Fructuoso Rivera, quien luchó junto al Capitán Artigas hasta que su ejército fue derrotado y obligado a retirarse al medio rural. A partir de este momento, Rivera vislumbró una remota posibilidad de gobernar y la persiguió aún a costa de traicionar la causa de su capitán. Se sumaría a la causa luso-brasileña, preparando incluso, un complot para asesinar a Artigas.

  En 1.834, sucedió en la presidencia a Rivera, Manuel Oribe, quien también había luchado en las filas y tuvo un pasado desleal con Artigas.

  Sucedió que Rivera y Oribe mantenían una enemistad antigua, y ante la insistencia de Artigas de confiar en Rivera, la defensa del sur del río negro, Oribe trató de hacerle cambiar de idea, y ambos se cruzaron amargas palabras, tras lo cual, Manuel Oribe abandonó la causa de Artigas y marchó a Río de la Plata, llevándose consigo el batallón de libertos y un batallón de artillería, y dejando, sin sospecharlo, el camino libre a Rivera para la traición.

  Decíamos que en 1.834, Manuel Oribe había ganado la presidencia del país sobre Fructuoso Rivera, pero este no estaba dispuesto a abandonar el poder conseguido a tan alto precio, y menos aún dejarlo en manos de su ancestral enemigo.

  Así, no dispuesto a abandonar el cargo, y con su enemigo acechando la presidencia, tiempo atrás había creado un cargo; el de Comandante General de la Campaña, y gracias a esto, tras la victoria de Oribe, seguía ostentando gran parte del poder. De esta manera, Rivera se lanzó sobre Oribe organizando una revolución. Oribe decretó que sus seguidores usaran una divisa blanca, mientras que Rivera adoptó la colorada. De esta manera nacieron los blancos y colorados, que se enfrentaron en guerra civil por el control del país.

  Las vinculaciones de los colorados con los unitarios argentinos y de los blancos con los federalistas, hicieron que Argentina tomara partido una y otra vez. A esta se sumó Brasil, y para preservar sus intereses comerciales se involucraron también Francia y Gran Bretaña.  Por esto se llamó a esta guerra La guerra grande.

  Oribe ganó terreno hasta arrinconar a Rivera en Montevideo, tras lo cual comenzó el sitio de Montevideo. En esta etapa convivieron en el país dos gobiernos. El colorado en Montevideo, llamado de la Defensa y el blanco en el Cerrito. Rivera construyó tres campamentos en las afueras de la ciudad y controlaba la totalidad del país.

  Oribe organizó el país como si ya le perteneciera. Nombró ministros, redactó gran cantidad de disposiciones legales e hizo valer la constitución de 1.830 como base de su ordenamiento jurídico.

  Las calles de Montevideo rebullían de soldados de todas las nacionalidades: argentinos, italianos, españoles, franceses, montevideanos y negros libertos. 

  Al principio de la guerra, dos facciones opuestas de Argentina apoyaron a ambos bandos. Este fue el momento en que Oribe tomó el control del país y puso sitio a la capital. En los sucesivos años, Rivera resistió entre refriegas y combates abiertos, hasta que hacia el final de la guerra atrajo sobre sí la colaboración del gobierno brasileño, que envió sus tropas para levantar el sitio.

  Por su parte, Francia e Inglaterra tomaron partido también por Rivera, puesto que la idea de los estados confederados, que inició Artigas y que ahora defendía Oribe, les incomodaba, pues hubiera supuesto un serio inconveniente a sus aspiraciones económicas en la región.

  De esta manera, tras ocho largos años de sitio, terminó el Sitio Grande, como se le llamó desde entonces, siendo Oribe y el ideal federalista, derrotados por los mismos que habían vencido años atrás a su predecesor Artigas.

  Cabe destacar la participación del aventurero Giuseppe Garibaldi, que ya había combatido anteriormente a favor de la República Farroupilha de Grande do Sul y por la República Catarinense.

  En la defensa de la República de Montevideo, Rivera puso a su cargo una flota con la que ganó batallas determinantes.

  Acerca de Garibaldi se conserva la siguiente descripción, escrita por Jhon Foster (vicecónsul británico en El Realejo) a Frederick Chatfield, cónsul general para Centroamérica.:

 

  “Es muy modesto, con un grado extraordinario de simpleza; no quiere ser reconocido y pasa bajo el nombre de Capitán Ansaldo. Fue originalmente marino y se distinguió como Almirante en la Escuadra de Montevideo en conflictos diversos contra la flota de Buenos Aires al mando de nuestro compatriota Brown. Su actitud es particularmente amable. Pero sus ojos inquisidores revelan determinación en sus decisiones. Su famosa barba roja, aunque reducida, no deja de ser respetable. Ni en su vestimenta ni en su trato hay indicios del espíritu ardiente e inquieto que lleva dentro sí. Carpaneto me dijo que él, Garibaldi, dejó Roma de la misma manera que entró en ella: sin un centavo. Yo me imagino que se está preparando para retornar a Italia cuando las circunstancias lo permitan”.

El Capitán Artigas

  El 19 de Junio de 1764, nace quien, por derecho propio ostenta el honor de ser el máximo héroe uruguayo. José Gervasio Artigas Arnal.

  Vio la luz en el seno de una de las familias más ponderadas de la ciudad. Fue el tercero de seis hermanos. Hijo de Martín José Artigas Carrasco y de Francisca Antonia Arnal Rodríguez.

Fue un joven inquieto, inteligente y muy comprometido con la liberal. Recibió la mejor educación posible, a manos de los padres franciscanos del convento de San Bernardino, pero él siempre había sentido más inclinación por las tareas rurales que las administrativas.

  De este modo, con doce años, se trasladó al campo. A unas tierras pertenecientes a su familia, donde pronto trabó amistad con los gauchos, y gracias a esto, adquirió destreza en el manejo del caballo y de las armas.

El general Vedia en sus “Apuntes biográficos sobre Don José Artigas” afirma:

 

  “Don José Artigas era un muchacho travieso e inquieto y propuesto a sólo usar de su voluntad; sus padres tenían establecimientos de campaña y de uno de estos desapareció a la edad como de 14 años y ya no paraba en sus estancias, sino una que otra vez, ocultándose a la vista de sus padres. Correr alegremente los campos, changuear y comprar en éstos ganados mayores y caballadas, para irlos a vender a la frontera del Brasil portugués, algunas veces contrabandear cueros secos, y siempre haciendo la primera figura entre los muchos compañeros, eran sus entretenimientos habituales …. Se habían pasado cosa de dieciséis a dieciocho años, cuando después abrazó su carrera de vida suelta, lo vi por primera vez en una estancia, a orillas del Bacacay, circundado de muchos mozos alucinados que acababan de llegar con una crecida porción de animales a vender.  Esto fue a principios del año 93, en la estancia de un hacendado rico, llamado el capitán Sebastián”.

 

  En 1.977, con treinta y tres años, amparándose en una amnistía que ofrecía el estado para quienes no tuvieran delitos de sangre, José

Artigas empezó una nueva vida. Ingresó como soldado raso al recién creado cuerpo de Blandengues de Montevideo, una milicia especialmente autorizada por el rey en el Virreinato español del Río de la Plata, que tenía como fin proteger las fronteras. De esta manera, Artigas participó en la guerra que mantenía España contra Portugal en las indias.

  En esta campaña, José Artigas conoció al que sería desde entonces, el compañero más leal que tendría.

Fue en la frontera con las colonias de Portugal. Unos portugueses habían capturado a un afro-montevideano, y ahora, lo vendían

como esclavo.

  Apenas pudo nuestro héroe, contener el desprecio que sintió entonces hacia quienes traficaban con la vida ajena, en tierra ajena y de forma tan ilegítima. Pagó la cantidad requerida e inmediatamente concedió la libertad al desdichado.

  Su, desde entonces, fiel amigo y camarada, se llamaba Joaquín Lencina, más conocido como “el negro Ansina”. Joaquín Lencina acompañó a Artigas durante toda su vida y fue su cronista. Sobre los años de Artigas en el cuerpo de Blandengues, escribió los siguientes versos:

 

  “Aunque en Maldonado está el cuartel general, el blandengue siempre va por toda la tierra Oriental. Artigas enseña a no encender el fogón que deje seña de su posición... Sigue, de noche y de día, las huellas criminales buscando con porfía a hombres y animales”.

 

  En 1.806, ante la invasión inglesa, organizó por sí sólo una fuerza de trescientos hombres

que no llegó a entrar en combate, pues los ingleses fueron prontamente vencidos.

  Dos años después, Napoleón había invadido España y las colonias españolas quedaban sin una autoridad real desde Europa. Esto provocó una serie de revueltas en todo el continente, que en muchos casos fructificaron, haciendo retroceder a los españoles a sus últimos reductos.

  Artigas, ya convertido en capitán, fue reclamado por Buenos Aires por su experiencia en los campos de batalla, contra Portugal e Inglaterra. Su capacidad para liderar y convocar a las tropas fue reconocida, y gracias a sus dotes, tras abandonar el cuerpo de Blandengues, el imperio español fue empujado hacia el Este, hacia la Banda Oriental.

  Había servido a los proyectos de independencia de la actual Argentina, pero Artigas soñaba con algo más. Había visto cómo las colonias de Norteamérica, tras sacudirse a los ingleses, habían creado un país de estados confederados. Sabía que la fuerza de las naciones que se engendraran se debería a su cohesión, y soñaba con ver los territorios de la Banda Oriental, más los que conformaban la actual Argentina se ordenaran también en estados confederados e independientes, con un gobierno supremo que regiría sobre los negocios generales del estado y sobre su defensa.

  Fue este supremo ideal, esta idea de una patria grandiosa conformada por pequeñas naciones con su propia legislación, y en definitiva, fue la idea de la descentralización más absoluta del poder, lo que le provocó la irreconciliable enemistad con el nuevo gobierno de Buenos Aires, y las consecuencias de ello las acarrearía hasta el final de sus días.

  Al principio Buenos Aires no se preocupaba en modo alguno de él. Había sido un excelente adalid para la revolución, un magnífico capitán, pero seguro que no sería el gran líder que hacía falta para que aquellas ideas prosperaran.

Se le concedió la regencia de unas tierras despobladas en Yapeyú, bajo el pomposo título de “Teniente Gobernador, Justicia Mayor y Capitán del Departamento de Yapeyú”, pero de nuevo sorprendió su audacia y su poder de convocatoria cuando, seguido de dieciséis mil colonos, pobló aquellas tierras y estableció un gobierno propio otorgándose así mismo las funciones de un jefe de estado.

  Ante tal hecho, el gobierno de Buenos Aires, viendo peligrar su propio proyecto de estado, puso una recompensa de seis mil pesos a las personas que le entregaran vivo o muerto.

  En 1.814, Artigas organizó la Liga de los Pueblos Libres, de la que se declaró su protector.   Al año siguiente, el capitán Artigas liberó la ciudad de Montevideo de los partidarios de Buenos Aires y tomó el control total de la Banda Oriental. Carlos María Alvear, regente de Buenos Aires, veía cada vez con más preocupación los avances de Artigas. En un intento de sacudirse aquella guerra civil y poder así gobernar los territorios de la actual Argentina con libertad, ofreció a Artigas la independencia de la Banda Oriental, pero este la rechazó. No quería un país pequeño y un gobierno débil, sino formar una gran nación con todos los estados de Sudamérica.

  Las batallas continuaron, y las crecientes victorias de Artigas provocaron la caída de Alvear. A este le sucedió Ignacio Álvarez Thomas, quien no mejoró las relaciones con Artigas, pero tampoco trató de volver a anexionar la Banda Oriental.

  Desde Buenos Aires se contemplaba con recelo a la bestia oriental, temiendo una invasión o incluso una revuelta del resto de provincias del Río de la Plata, y no sin razón.

  El 29 de junio de 1815 se reunió el congreso de los Pueblos Libres llamado Congreso de Oriente. Fue convocado por Artigas para tratar la organización política de los Pueblos Libres, el comercio interprovincial y con el extranjero, el papel de las comunidades indígenas en la economía de la confederación, la política agraria y la posibilidad de extender la Confederación al resto del ex-Virreinato del Río de la Plata. En este congreso, las provincias de Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, Misiones, Santa Fe y la Provincia Oriental se declararon independientes de todo poder extranjero, al tiempo que se invitó a las demás Provincias Unidas del Río de la Plata a sumarse a un sistema federal, ya que dicha declaración de independencia no era una declaración separatista del Río de la Plata. A la Liga Federal estuvieron a punto de sumarse las provincias de Santiago del Estero y La Rioja aunque en ambas al final vencieron las tropas de Buenos Aires.

  Envió una delegación a Buenos Aires con la premisa de mantener la unidad en base a los principios de:

 

  “La soberanía particular de los pueblos será precisamente declarada y ostentada, como objeto único de nuestra revolución; la unidad federal de todos los pueblos e independencia no solo de España sino de todo poder extranjero...”.

 

  Los cuatro delegados fueron detenidos en Buenos Aires, y el nuevo Director ordenó invadir Santa Fe.

  El nueve de Julio de 1.816 se declaró la independencia de las Provincias Unidas de Rio de la Plata, pero las provincias pertenecientes a la Liga de los Pueblos libres no fue representada.

  El crecimiento de la influencia de la idea de Artigas amenazaba tanto a los intereses de Argentina, Brasil, Portugal y el reino Unido, que en Agosto de 1.806 un gran ejército luso-brasileño invadió la Banda Oriental haciendo perder a Artigas casi todos los territorios en muy poco tiempo.

  Tras la conquista de Montevideo, la guerra fue llevada al medio rural, y tras tres años de desesperada resistencia Artigas fue finalmente derrotado y se exilió a Paraguay junto a su fiel amigo el negro Ansina.

  Atrás quedaron sus sueños de libertad para las comunidades indígenas, su anhelo de crear un gran estado libre de toda influencia extranjera y sus ideales de que cada provincia anduviera libre el camino de la historia.

  Aún hoy no se han sacudido, la mayoría de los países sudamericanos la influencia de los intereses creados de fuerzas ajenas. Aún hoy gran parte de este pueblo vive sometido a las potencias extranjeras y a los propios dictadores, que como en tiempos de Artigas, son colocados para satisfacer intereses que nada tienen que ver con el país.

  ¿Pudo ser la historia diferente? José Gervasio Artigas Arnal, pensaba que sí, y lo intentó hasta desfallecer, pero ni el camino de la razón ni la fuerza de las armas fueron suficientes para derrotar a ese gran monstruo que acompaña al hombre desde el principio de los días.

  Antes de su muerte, fue nombrado Kary Guazú (gran señor), por el pueblo paraguayo y guaraní, título que hasta el día de hoy sólo ostentan dos personajes más.

  Por fin, el 23 de Septiembre de 1.850, con ochenta y seis años de edad falleció en su exilio. Pero instantes antes de expirar, se enderezó en la cama, con los ojos desorbitados y la mirada ausente. Quizá recordaba tiempos pasados, en los que la lucha parecía tener algún sentido, o quizá, atormentado por la penosa situación de su patria, intuyendo quizá que la desgracia se cebaría con ella una vez más gritó:

 

“¡Mi caballo. Tráiganme mi caballo!”.