Daniel Hermosel Murcia
Las diez plagas de Egipto. Texto de presentación.
Al principio, todo el asunto de las plagas resultaba hasta divertido. Ver todas esas ranas saltando de aquí para allá, o a mayores y niños rascándose la cabeza mientras las abuelas los despiojaban... Sí, el sentido del humor de nuestro Señor es peculiar. Lo del río ensangrentado fue un ejemplo de cómo un truco sencillo puede resultar de lo más efectivo. Los egipcios quedaron realmente impresionados. Lo de las moscas fue un fallo de previsión: con tanta sangre en las aguas estaba claro que los bichos proliferarían pero, siendo yo un arcángel, no iba a preocuparme por esas minucias, y Él no había dispuesto nada al respecto. O tal vez sí.
Luego la cosa comenzó a volverse más seria. Para los demás, plenos al cumplir Sus designios bajo mis órdenes, el extender las enfermedades entre caballos, asnos, camellos vacas y ovejas fue una tarea rutinaria y hasta aburrida. Para mí pasó a resultar desagradable. No me gusta el sufrimiento. Ni el humano ni el animal. Él lo sabe, así me hizo. Fui yo el que intercedió por sus hijos y las bestias a las que había condenado, junto con la descendencia de mis hermanos, a perecer bajo las aguas. De nada sirvió. Cuando toma una decisión es inapelable. Hasta tuve que avisar a Noé justo momentos antes del Diluvio. Él es así.
Después de las bestias llegó el momento de marcar a los hombres. Aarón no dudó en tomar la ceniza que deposité en el horno para que Moisés la esparciera ante el faraón, causando sarpullidos, y después úlceras, entre los presentes. Entonces volví a llorar. Porque leí en los ojos del regente que no cedería, que no podía ceder. Y aunque aún no lo sabía, conociendo a mi Señor, intuía que los castigos comenzarían a ser definitivos si no dejaba ir libremente a su pueblo. De todos modos mantenía la esperanza de que fuera suficiente con el valor de la amenaza por venir y no fuese necesaria su ejecución. Iluso de mí.
Ángel del temblor y del trueno me llamaban. Me fue devuelta mi espada de fuego, y con ella lo hice llover mezclado con granizo. Mucho se perdió aquel día. Ha vuelto el arcángel del temor decían en voz baja. Hasta los elegidos sintieron el miedo hurgando en sus corazones. Porque nada hay más gozoso para nosotros que ejecutar la Ira de Dios en la tierra. Ni nada más terrible. Después trajimos millones y millones de langostas. Lo arrasaron todo. Pero el faraón seguía sin dejarlos marchar. Así que, pensé, ¿qué puede haber más desesperanzador para los adoradores del sol que verlo sucumbir entre sombras durante tres jornadas? De nuevo me confundí.
El final estaba cerca. Así lo entendí cuando por fin se me ordenó levantar la capa de tinieblas. Miles de ángeles serían enviados a una última misión que solamente Él y los siete que estamos ante Su Trono conocíamos. No hubo lugar para la duda. La llama de Dios sería quien los comandara y ejecutara la plaga final. Fui admirado por mis pares y debí sentirme honrado por dirigir el ejército celestial, para Su mayor gloria. Solamente pude aceptar. Aceptar y recordar cada una de las paladas necesarias para dar sepultura al primogénito del hombre y al primogénito de Iahvé. Llore por última vez. Enviaron instrucciones a Moisés. No me fui.
Quedamos a solas. Él no mostraba piedad, así que le ofrecí la mía. Imploré, pedí perdón por mis pecados: por no haber guardado bien el Árbol, por haber guiado a Satán sin querer hasta la Tierra al alumbrarla con mis ojos, por no haber vigilado a mis hermanos debidamente. No cedió. Él nunca cede. Sin embargo habló: “Tú eres mi faz, Uriel, el más poderoso de mis alientos. Y solamente tú puedes cumplir lo que ha de ser cumplido”. Entonces le solicité dos cosas: realizar la tarea en solitario y que me despojara del lastre de la piedad para ejecutarla raudo. Así lo hizo. Kemet amaneció sin primogénitos. Yo los destruí.
