Jose Luís Romero Campillos
Breve fragmento de la obra
Las sombras aterciopeladas de la noche devoran lenta, confusamente,
los últimos resquicios del atardecer...
Todo a mi alrededor (los pulcros candelabros áureos, los sombríos
tapices y cortinajes de terciopelo, las suaves alfombras
damasquinadas, el enorme lecho velado por un dosel de fina tela
escarlata, los arcanos volúmenes de la biblioteca...), todo cuanto me
rodea en el crepúsculo de este extraño aposento, parece haber sido
arrancado de las deshilachadas páginas de un lúgubre cuento de
hadas...
Impaciente, inquieta, conjuro tu voluble presencia desde las oscuras
sombras del ocaso invernal, perdida entre los sombríos muros de este
castillo, de esta antigua fortificación pétrea, infestada de húmedos e
inaccesibles laberintos...
El frío latente comienza a apoderarse de los ocultos rincones de la
estancia en penumbra... el mortecino hálito de la niebla desgarra la
pálida luz del ocaso, al otro lado de los gruesos ventanales...
Estoy nerviosa...
Mis ojos se detienen sobre la repisa de la chimenea, una vez más...
Una misteriosa clepsidra, cobijada entre las garras de dos
monstruosas, aterradoras tarascas de negra piedra, me ayuda a calibrar
el suave paso del tiempo a través del continuo goteo de ese denso y
oscuro líquido rojizo -casi granate, espeso, brillante- que aloja en su
interior. Los minutos parecen transcurrir aquí con una insólita,
inconcebible lentitud.
