El espejo
¿Cuántas veces te has mirado en el espejo con
un detenimiento quirúrgico? ¿Cuántas veces te
has buscado a ti mismo en tu propio reflejo y al
verlo ante ti has pensado, ese soy yo? ¿Es la imagen
de quien tienes ante ti lo que te representa, lo
que define tu ser y tu esencia o es tan sólo un
artificio de tu imaginación para confundirte? ¿No
buscamos en esa acción la reafirmación de nuestra
identidad?
Quizá no nos sentimos satisfechos. ¿Alguien
puede afirmar lo contrario sin traicionarse a sí
mismo? ¿No ocultamos nuestro pesar tras una
radiante sonrisa cuando se nos pregunta?
Somos los hijos de la tristeza. ¿Cuántas personas
no se asomarán cada noche a las ventanas
de sus casas, desde donde pueden contemplar
toda la ciudad a placer? ¿No ven tantas luces de
tantas otras habitaciones, como estrellas hay en
el cielo? ¿No ven a los transeúntes, que corren
apresuradamente a sus casas para hallar al fin un
poco de paz? Entonces, ¿por qué se sienten estas
personas tan solas, tan abandonadas, tan
olvidadas? Finalmente, para escapar de tan turbadora
visión se apartan violentamente de la
ventana, y por último ven, aunque sólo sea fugazmente
su rostro reflejado en ella.
Somos las víctimas de la fatalidad. Hacemos lo
que se espera de nosotros. Quien tiene un sueño
y lo alimenta es rápidamente despedazado por la
gran masa humana, que jamás consentirá su
felicidad.
¿Has acabado, como cada día de tu vida, una
jornada laboral que no te satisface, y de camino
a casa has encontrado un amigo? ¿Habéis charlado
animadamente? Ya puedes agachar la cabeza,
pues tu amigo ya se ha marchado. La tristeza
que te ahogaba y que casi habías olvidado durante
la charla, se mantenía, sin embargo latente,
y ahora se apodera nuevamente de ti, igual que
de tu amigo, que retoma su camino cabizbajo.
¿Cuántas veces has corrido hacia algún espejo
con la más viva ansiedad, para reconocerte en
él? ¿Es tu vida tan diferente a cuanto habías
soñado, que necesitas sentir la reafirmación de
contemplar tu propia imagen, pues no te
reconoces a ti mismo? ¿Cuántas veces has
pensado ante el espejo ese no soy yo?
Pensarás que soy un necio, un infeliz, un
hombre frustrado y fracasado. Tienes razón.
Pero te atreves a pensar todo aquello porque no
miras en el fondo de tu corazón. Si lo hicieras
verías el abismo que se cierne ante ti.
Contemplo mi rostro ante el espejo y lo que
veo es un anciano apagado y corvo. Ese no soy
yo. Pregunto, ¿quién eres tú? Y no hayo respuesta
alguna, quizá porque la propia revelación sería
más terrible que la sospecha. Pero, ¿Acaso no
he podido notar un cambio apenas perceptible
en la imagen? Sé que no es posible, pero también
sé que no soy el anciano enjuto que tengo
ante mí, ¿o quizá sí lo sea? ¿Ha hecho la vida de
mí lo que ahora veo reflejado en el espejo?
Tengo ganas de salir huyendo, pero no me atrevo
a mover un solo músculo. ¿Cuánto tiempo
llevo en esta posición? ¿Horas, minutos? No me
hago una idea. En cualquier caso un tiempo que
se me hace eterno. Y en todo este tiempo, un
sólo cambio, aunque imperceptible. Apenas me
atrevería a asegurar que fue real.
¿Soy yo el que tengo ante mí, es otro, o acaso
es mi doble, que viene a atormentarme, a
arrastrarme con él a través de ignotos senderos?
No me siento cansado, tan sólo abatido y profundamente
triste, y sin embargo, ¿no llevo todas
las edades del hombre frente al espejo?
Miro fijamente los ojos que tengo ante mí.
¿Son del mismo color que los míos? Diría que
no, pero ¿cómo saberlo?
Permanecemos inmóviles los dos. ¿Por qué me
atormenta de esa manera? ¿No son esos los ojos
de un difunto, apagados y fríos?
No asoma vestigio de felicidad alguno en su
rostro. Supongo que en el mío tampoco, pero
aquellos no son mis ojos, al menos eso creo,
aunque no consigo recordar cómo son los míos.
De pronto, un cambio. Algo ha cambiado,
aunque ahora la quietud vuelve a ser tan absoluta
que no sabría explicar exactamente en qué
consiste dicho cambio ni qué consecuencias
puede tener. Trato de recordar. He pasado tanto
tiempo frente al espejo que debería conocer con
todo detalle cual era la postura de quien está
frente a mí, pero parece que mis recuerdos se
han adaptado a la nueva realidad. ¿O es que
realmente nada a cambiado? Sin embargo aseguraría
que sí, pero ha debido efectuarse de una
forma muy sutil. ¿Está jugando conmigo? ¿Qué
se propone?
Me gustaría abandonar la habitación, escapar
para siempre de ese aborrecible ser de ultratumba
que me observa tan detenidamente, pero una
fuerza violenta me detiene. ¿Y si cuando me
mueva mi reflejo permanece impasible? ¿No sería
este hecho el preludio más absoluto de la locura?
¿Habría esperanza para mí después de contemplar
un hecho así? ¿No es mejor permanecer
completamente inmóvil y albergar la terrible
sospecha antes que confirmarla y sucumbir?
¿Quién eres tú? ¿Ha salido de su boca o de la
mía? He visto sus labios moverse. Sin embargo
no recuerdo haber movido los míos. Puedo ver
el terror asomando a sus ojos, sin embargo los
míos deben reflejar lo mismo.
Su angustia es palpable en el temblor de sus
labios. Su rostro, levemente desencajado se
transforma poco a poco en una mueca de terror,
al tiempo que, como yo, descubre que no
somos la misma persona.
Finalmente me vuelvo. No me atrevo a mirar.
¿Se habrá vuelto la imagen del espejo? No
quiero verlo. El espanto atenaza cada fibra de
mi ser. Me impele a escapar.
Salto atravesando el umbral de la puerta y me
dirijo a grandes zancadas hacia mi habitación.
Temo volverme y mirar. ¿Y si me persigue un
extraño por el pasillo?
Abro la puerta del dormitorio, penetro en él y
cierro con fuerza, apoyando la espalda contra
ella para evitar que vuelva a abrirse tras de mí,
pero su contacto me hiere, me sugiere un peligro
sobrenatural.
Me dirijo hacia la cama. No tengo por dónde
escapar. Miro hacia la ventana, pero mi propio
reflejo me espanta. No he tenido tiempo para
verme en él, para ver al extraño ente del espejo,
que se hace pasar por mí. Tampoco sé qué es lo
que hubiera visto, pero prefiero no saberlo.
Avanzo un paso más hacia mi cama, pero,
¿qué es esto? Hay alguien acostado en ella.
¿Quién es? Lleva puesto mi pijama. Avanzo un
par de pasos más, imbuido en el más vivo terror.
Está vuelto de espaldas.
Asomo la cabeza por encima del intruso y, ¡oh,
cielos! ¿Acaso no soy yo ese que está tendido?
Percibo por primera vez el hedor a podredumbre
que impregna la habitación. Ante mí no
veo más que un despojo humano, una calavera
sin rostro. ¡Ese soy yo! ¿Pero cómo puede ser?
No puede ser.
Corro a la puerta. La abro con violencia. Necesito
escapar de allí. Cierro tras de mí tratando de
mitigar así el hedor de la muerte, y corro al baño.
Necesito mirarme al espejo, reconocerme en
él y atraer así un poco de paz sobre mí.
