El páramo
Sin duda nunca olvidaré aquel maldito verano
del veintisiete. Me había prometido con la señorita
Aline Bugle. Estudiábamos juntos medicina
en Londres. Había vivido junto a ella un noviazgo
de cinco maravillosos años, al final de los
cuales terminamos nuestros estudios y nos disponíamos
a comenzar una vida juntos y a formar
una familia.
Creo que hubiéramos sido felices, y cuando
pienso en ello maldigo aquellas tierras infames
donde el hombre pierde la cordura. Me refiero
al páramo, ¿a qué si no? Es un lugar inhóspito,
donde hace falta recorrer muchas millas para
llegar a casa de algún vecino, donde el contacto
con otro ser humano puede hacerse difícil
cuando el tiempo se vuelve inclemente y el viento
del norte azota con furia, donde la cordura
del hombre es engullida por la enormidad de
aquellas solitarias tierras.
Aline me confesó que sentía aprensión por
aquella tierra donde se había educado con la
única compañía de sus padres y de su extravagante
hermano.
Desde el principio me sentí muy atraído por su
carácter nostálgico y plácido. Estos atributos
habían hecho de ella una mujer en extremo sensible
y cariñosa. Siempre pensé que el ambiente
en el que se educó habría influido notablemente
en la adquisición de tales cualidades, pero nunca
habría imaginado con qué fuerza se impone al
alma un paraje tan sobrecogedoramente solitario.
Los padres de Aline habían fallecido hacía mucho
tiempo, y ahora su hermano, Adrien Bugle,
Vivía solo en la casa donde aprendieron a caminar.
Fue este el motivo por el que mi prometida
me suplicó que marcháramos aquel verano a
visitar a Adrien. No necesitó pedírmelo dos veces.
Si bien me producía cierta aprensión alejarme
de la populosa ciudad, ¿qué significaría
aquel corto verano frente a una vida entera de
dicha?
Cuando nos adentrábamos por el páramo con
mi nuevo automóvil, sentía en el pecho una
opresión, provocada sin duda por aquella terrible
y solitaria inmensidad. Una sensación de
tristeza se apoderaba de mí. ¿Cómo pudo Aline
vivir durante tantos años en aquel lugar tan
apartado?
Reconozco que mi carácter se ensombreció
durante el corto intervalo en que viví allí. Aline
me observaba preocupada cuando torcía el gesto
y a penas se atrevía a contrariarme, pues tan
pronto me sobrevenía un acceso de melancolía
como estallaba en ira. Pero no os he hablado de
su hermano.
Decía antes que Aline lo describía como un
joven excéntrico. Yo reservaría este apelativo a
alguien con clase. Adrien era simple y llanamente
un loco. Todo lo que ella tenía de plácida y
sosegada, lo tenía él de inquieto y desmandado.
Si ella era reflexiva e inteligente, él era osco y
estúpido.
Una mañana le sorprendí amputando la cola a
una lagartija. Cuando se percató de mi presencia
estalló en un acceso de risa nerviosa:
-Jajaja. mira cómo se mueve –decía con esa
voz que la gente estúpida ha hecho característica.
-No tiene nada de extraordinario –contesté yo
censurando tan abominable actitud. Él se limitó
a mirarme desde el suelo, frunciendo el ceño
hasta el imposible y tras dedicarme una grosera
sonrisa se marchó.
Aline se mostraba visiblemente ofendida. Durante
los primeros días pensé que la causa de su
enfado era el imperdonable comportamiento de
su hermano. Esto me reforzó más si cabe en mi
postura. Si hubiera sabido desde el principio que
era mi actitud frente a él, lo que la disgustaba,
hubiera cambiado el trato que le dedicaba, pero,
¡habría sido tan difícil! ¿No podía ella valorar el
esfuerzo que realizaba permaneciendo en la casa con
aquel loco?
Pero todo se torció. Naturalmente la culpa fue
de él. Una mañana, al levantarme, vi a Aline
frente a la chimenea, calentándose. Yo permanecía
en pie bajo el umbral del salón, tenso, esperando
a que de un momento a otro apareciera
aquel estúpido, pero ella me dijo que había salido
a la primera luz de la mañana a cazar con
Andrew Burdock. Un vecino que vivía a apenas
seis millas de allí.
En seguida me relajé y me senté junto a ella,
afable y con un buen humor que no había sentido
hasta entonces. Ante su mirada de reproche
le aseguré que cambiaría mi actitud frente a su
hermano. Ella aseguraba que Adrien estaba disgustado.
Le hacía sentir miserable e inferior. Él
no tuvo la oportunidad de estudiar como nosotros.
Supliqué y aseguré que cambiaría mi actitud.
Aquella tarde saldría con él a pasear, charlaríamos
y todo cambiaría.
Pero nada de esto ocurrió. Cinco horas después,
Se abrió la puerta de la calle con estrépito
y se cerró con más estrépito aún. Aline había
hecho la comida y preparado la mesa para dos,
porque no esperábamos a Adrien hasta más
tarde. Sin embargo había entrado como un vendaval.
Traté de tomarme aquella violenta intromisión
de la manera más natural, pero el loco de
Adrien no se conformó con eso y escupió su
demencia sobre nosotros.
-¡Aline, hermana! –gritaba desbarradamente.-
¡Sube a la habitación, pote a salvo. Ya viene!
-¿Quién viene? –preguntó ella visiblemente
exaltada.
-¡Él. Corre, no preguntes! –contestó quedándose
sin aire en los pulmones y acabando en un
gorjeo que hubiera provocado las risas de todo
el café du Lacke.
En seguida me incorporé para atajar aquella
indeseada situación, e iba a reprenderle cuando
unos golpes sordos atronaron en la puerta. Aline,
saltó hacia la escalera, sorprendida.
Tras una pausa se repitió la llamada. Adrien
había caído completamente pálido al suelo.
-¿Pero bueno, no vas a abrir? –pregunté yo,
perdiendo la paciencia. Ante su pasividad la abrí
yo mismo.
Ante mí apareció un hombre completamente
helado. Su rostro estaba blanquecino, incluso
sus labios habían perdido el color. Sin embargo
mantenía una postura erguida y apuesta, cosa
que admiré dado el visible penoso estado en que
se encontraba.
-Entre, señor, y caliéntese frente al fuego. Mi
mujer –me permití referirme a ella en estos términos,
y ¡Cuánto me equivoqué!- le servirá un
tazón de caldo bien caliente.
-¿Por qué me has abandonado, Adrien? –
preguntó aquel lanzándole una mirada
fulgurante, haciendo caso omiso de mi
gentileza.
-¡Oh!, has venido a matarme, ¡Maldito! –gritó
Adrien enloquecido, al punto del desmayo!
-¿Quién es usted, caballero? –le interrogué.
-Me llamo Andrew Burdock. He salido esta
mañana de caza con Adrien y me ha abandonado
después de que sufriera un aparatoso accidente
–lancé una fulgurante mirada al loco.
-No te he abandonado. Te has muerto, y después
me has perseguido todo el camino. ¿Es
que no lo ves? –me impelió finalmente.- ¿Es
que no ves que está muerto?
-¿Cómo habría de verlo si está vivo, memo
ignorante? –estalle de indignación.
-¿Me golpeé la cabeza y me abandonaste! –
exclamó Andrew visiblemente ofendido.
-Te golpeaste la cabeza y perdiste la vida –se
defendía Adrien arrastrándose hasta la pared.
-¿Crees que estaría aquí si hubiera muerto,
maldito loco? –replicó Andrew.
-Pero yo vi… vi cómo caíste por aquel
barranco. Vi tu cabeza aplastada contra las
rocas.
-¡Sólo me hice un rasguño!
-¡Esto es demasiado para mí. Vámonos Aline!
–grité enfurecido tendiéndole la mano.
-Si él lo dice es porque es verdad, George –
decía ella aterrada desde la escalera.
-¡Maldita sea! ¿Os habéis vuelto todos locos?
Me marcho a Londres. Llámame cuando
regreses. Esto es demasiado para mí. ¿Me
permite? –dije apartando bruscamente a
Andrew.
Subí en mi coche y nunca volví a saber más de
Aline. Pudo haberse enfadado irreconciliablemente
conmigo. En cualquier caso el páramo
hace enloquecer a cualquiera. Sin embargo, aún
me invade la nostalgia cuando la recuerdo.
