Precedente de la historia

La travesía

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La travesía II

  ¡Oh, señor! Deje de importunarme con sus ridículas pretensiones de normalidad. ¿Aún no se ha dado cuenta de que cuanto suplica, no es más que un deseo vago y reprimido de una seguridad que no le es posible alcanzar?

¿Se lamenta de haber abandonado su maleta en el puerto? ¿Qué podía haber en ella de valor? Por su puesto, su ropa. No lo piense más y haga como yo; arroje sus harapos al océano y sienta cómo la libertad acaricia cada pulgada de su piel; deje que el sol la endurezca hasta que, alquitranada, sea tan resistente como el casco de un buque.

  Oh, ya me está mirando con esa expresión de incredulidad que le caracteriza. Quizá hice mal asaltándole de la manera en que lo hice en el puerto, obligándole a embarcarse en mi chalupa y amenazándole con colocarle los grillos, pero ¿qué quería que hiciera, si desde el mismo instante en que salté sobre usted con el saco abierto, se mostró tan poco comprensivo con la causa que nos ocupa? Yo esperaba que se convirtiera usted en mi juglar, y que compusiera versos que relataran mis hazañas, tal y como hizo el fiel Lencina con Artigas. No deje de observar cuán grande fue mi generosidad, cuando le asigné tan importante papel, sin comprobar antes su habilidad con las letras, del mismo modo en que lo hizo el valiente Artigas con Lencina.

  Sin embargo, ¡ay de mi suerte!, pues me he visto obligado a convertirme en una vieja nodriza para usted, y todo esto, porque hacerle saltar por la borda, me colocaría en una posición triste y solitaria.

  ¿Le asustaron aquellas olas gigantescas, que nos elevaron suavemente hasta el firmamento? ¿Sintió un cosquilleo en el estómago, durante el descenso? ¡Qué delicado es usted, pues ese cosquilleo le hizo palidecer hasta emular a la perfección a la muerte!

  ¿No le dije que no había nada que temer? ¿Y acaso no le conduzco sano y salvo hacia el puerto? ¿Qué querrían unos corsarios de nosotros, si lo más valioso que poseemos, es el marisco que se agarra al casco del barco?  Tranquilícese. Deje de atormentarse por la inmensidad oceánica y solitaria que nos rodea, pues le aseguro que aún con la brújula rota y el cielo nublado, hallaré el camino hacia Utopía.

  ¡Oh, con qué fuerza añoro esa tierra, aún siquiera, sin haber puesto un pie en ella, siquiera cuando su existencia es tan sólo una sospecha y no una certidumbre!

  Un alto peñasco la corona, y desde allí, tras haber recorrido una senda cubierta de verde y fresco follaje, veremos el mundo entero. Verá cómo entonces, esta aventura le parecerá una travesía, como me lo parece a mí.

  En el momento en que nos arrojemos a la blanca y fina arena de la playa, sabremos que por primera vez, hemos llegado a casa.

  ¡Oh, se ríe usted, ahora que le abro mi corazón! ¡Mire que aún tengo los grillos! Usted se embarcó en mi chalupa, casi por voluntad propia, así que deje de lamentarse de una vez y de mostrarse desdeñoso conmigo, o desembarque en cuanto quiera. Que la soledad que dejará tras de sí, no sea impedimento alguno para hacer realidad sus deseos.

  Usted habría preferido embarcar en un gran buque, repleto de lujo y artificialidad, pero desde aquí puede probar el sabor del salitre; sus pies no dejan de estar mojados con las aguas del basto océano. ¿Qué más puede pedir? ¿Una cena de gala en un comedor desde donde no podrá contemplar el mar?, y si lo hace, ¿su experiencia no sería tan poco vívida como si lo contemplara a través de un cuadro?

  Por otra parte, caiga en la cuenta de la tendencia que tienen esos barcos de hundirse.

  ¡Oh, basta! Basta de quejas, pues el sol se está poniendo. Silencio. Contemple el maravilloso milagro de la creación. No hay imagen más espléndida. Calle y considere este espectáculo, como un breve anticipo de lo que estamos buscando.